POR QUÉ LEER

•Leer y escribir no pueden ser un lujo ni una obligación, sino una necesidad fundamental, una condición sin la cual es imposible que una sociedad ingrese realmente a una democracia participativa
Silvia Castrillón, directora de Asolectura

* Las lágrimas que derramé en el pasado,se han convertido en lluvia que riega suavemente mi jardín de hoy.

Thich Nhat Hanh

domingo, 24 de febrero de 2008

POEMAS Y CUENTOS, ANTOLOGÍA


Poemas y Cuentos
Antología
Agustin Valle Martinez
Eduardo Torres Ruidiaz
Nestor Mejía Coley
POEMARIO DE AMOR Y DESQUICIO

DE: AGUSTIN VALLE MARTINEZ
Pre texto


Luego de muchos años de terminada esta colección de poemas de amor, pasión, erotismo, dolor y desamor, han decidido salir a la luz.

Los poemas fueron escritos hace cerca de una década, y se han mantenido hasta el día de hoy en el baúl que herede de mi bisabuela, donde por cierto se hizo hogar de muchas generaciones de arañas y asentadero del polvo de las carreras 15 y la calle 5, lugar donde ahora habito.

Sin embargo ahora han decidido llegar hasta ustedes con la esperanza de ser de su agrado y esperando además esparcirse por los confines del mundo.

Es pues solo el comienzo de lo que siempre se espera al escribir decididamente; sin embargo esta colección se presenta sin mayores pretensiones, solo por puro gusto y para satisfacción de su autor.


Septiembre de 2004.
I


Amor

Te conocí de pronto,
tome tu imagen y me enfrasqué en ella,
tus palabras corrían por mis oídos
como un concierto clásico
que me ataba a ti;
tus ojos fraguados quemaban mis miradas,
las desviaban con su aletear impulsivo.
Tus movimientos me enloquecieron:
quise entonces correr, abrazarte, besarte, amarte…
… llevarte al paraíso.
más la cordura se interpuso
e impidió mi desquicio.

Mujer: te conozco poco y siento que te conozco mucho,
déjame mostrarme, déjame abrirme
como un libro de poemas
y entregarme a ti de palabras
y de hechos
por el resto de la eternidad

II



Tu voz:

Dulzura que esconde a tu cuerpo
tras la línea del teléfono;
canción suave que me muestra tu alma,
que me hace tocar tus sentidos;
te escucho, e imagino de inmediato tu belleza;
te escucho, y me pierdo en los racimos de tu pelo brillante cual rayo de sol en julio;
te escucho, y me muero al pie del teléfono
susurrándote al oído suspiros que nacen
del fondo del corazón;
te escucho, y me embriago en el concierto celestial
que nace de ti;
te escucho, y solo puedo pensar
Que te amo.

III

Mientras te espero,
espiaré los crepúsculos,
seguiré el derrumbe de las estrellas al amanecer.

Mientras te espero,
surcaré el horizonte,
nadaré por los ríos de locura y fantasía interminable.

Mientras te espero,
deliraré por tus besos y tu calor
en mis noches de amante solitario,
me ahogaré en el llanto de las garzas perdidas,
me quemaré bajo el intenso sol veranero
y regaré mis cenizas por este mundo hostil.

Mientras te espero,
dibujaré en la mitad de la noche tu sonrisa
y mirare en el cielo tus ojos de musa;
percibiré tu aroma en el viento que inunda las calles;
buscaré tu imagen en los callejones y muros.


Mientras te espero:
te amaré,
y ataré tu recuerdo aferrado a mi mente.
Para que ni el tiempo ni el viento
Los alejen de mí.

IV



Seamos nudo esta noche,
un instante en el tiempo,
un momento en la vida.

Y luego podrías volar,
volaras hacia tu cielo prometido;
hacia tu paraíso, volaras.

Y crecerán de ti nuevos frutos.
Y de mi también crecerán.
Y de nuestra sangre se plagará la tierra…

… Pero, por favor,
seamos nudo esta noche,
y luego márchate…

… si quieres.

V



Te llevaré, me llevarás,
y nos iremos los dos hasta el final.
viajaremos en góndola sobre la mar,
y en Pegaso cruzaremos la inmensidad.

A través del tiempo volaremos,
en una libélula de libertad;
juntos sobreviviremos toda adversidad;
la oscuridad iluminaremos con nuestra luz de ansiedad;
y con pasión mataremos los crepúsculos en paz.

Con el fuego de tus ojos, el invierno acabará.
Con el fuego de mis ojos, calentaré todo lecho,
donde juntos saciaremos
nuestros placeres y más.

Con todas nuestras batallas, en la noche acabarán
esos aullidos y gritos que parecen no acabar.

Y las almas que en el mundo muy desconsoladas son:
recibirán un consuelo…
consuelo de nuestro amor !

VI

Eres fuego. Quémame!
Eres lanza. Mátame!
Eres lluvia. Mójame!
Eres miel. Endúlzame!
Soy tuyo, esclavízame!

Arrástrame entre tus olas,
enrédame con tu pelo,
átame a tu cuerpo,
ahógame en tus labios,
hechízame con tus ojos.

Eres agua. Sacia mi sed!
Se mía esta noche;
arrópame con tu piel,
báñame con tu sudor;
hazme prisionero de tus piernas,
consúmeme con tu ovalo.

Eres vida. Aliéntame!
Se mía hoy y siempre.
y seremos almas juntas,
cuerpos juntos. Carne. Sexo.
Hasta el día de nuestro adiós.

VII


Te miro, me miras,
aquí y con tu presencia, mi tiempo se detiene.
me acerco a ti despacio, beso tus dulces labios,
rozo tu piel: tersa, lozana.
Te arrastro hacia mi lecho con la insinuación fogosa del sexo.

Casi sin darnos cuenta,
somos olas indomables traspasando las fronteras del deseo;
juntos nos sumergimos al embozo placentero
del fuego que ahora devora
nuestro natural instinto… oh, ámame!

Siénteme tuyo, como yo te siento mía…

Sigamos indefinidos, suspendidos por el cálido sabor
de este gran momento erótico…

Pasión seguimos siendo.
Queremos más. No podemos!
el éxtasis ha llegado, y sin compasión nos quita
la ultima gota de fuerza, que para estas ocasiones
nuestros cuerpos destinaron.


Pero no nos aflijamos. Pronto recuperaremos
todas nuestras energías, para saciar nuevamente
nuestra sed de deseo ardiente,
y ser infinitamente centinelas lujuriosos
de esto que llaman pecado.

VIII


La saeta gira rápido.
La tarde llega y nos maldice de nuevo.
Voces que tú conoces gritaran tu nombre,
romperán tu corazón; entristecerán mi alma.

La tarde se acerca. El tiempo corre.
No lo dejemos ir sin antes matarlo.

Déjame tenerte!

Déjame ver tus muslos morenos y suaves.
Déjame ver tus colinas y sus cimas de rosas:
para morderlas, para besarlas,
al igual que tu boca, al igual que tu venus.

Deja caer sobre el suelo de greda tus vestidos,
yo dejaré caer también mis ropajes
que quieren desprenderse por si solos de mí:
para dejar libre mi miembro,
para dejar libre mi piel litigante e iracunda
que quiere poseerte, anudarte,
enjugar el rocío irrigado por tus poros.


Ven!

Hundámonos en el gozo;
Ara mi piel con tus manos. Muerde mi sed.

Poséeme!

Mátame con un sí, hazlo por Dios,
Te lo ruego!

Golpéame!

Y luego vete, dejándome tendido y débil.
Muerto como el ocaso.

IX

Aquí te amo.

Aquí te prometí esperar y aquí te espero.
Aquí te odio cuando te espero,
y aquí te espero porque te amo.

Aquí te amo cuando pienso que me amas.
Aquí me amas cuando digo que te amo.
Aquí te amo cuando dices que me amas.
Aquí como amantes nos amamos.

Aquí te amo!

Aquí te amo cuando apareces.
Aquí te amo cuando me besas.
Aquí te amo cuando me amas.

Aquí te amo cuando te pierdes.
Aquí me pierdo cuando te amo.
Aquí te amo cuando recuerdo,
y aquí recuerdo cuanto te amo.

Aquí te amo!

X

Los Testigos.

Espías son de nuestro acto los testigos silenciosos,
que observan con atención como socavo tu venus,
y que escuchan los quejidos;
mis sollozos y tu llanto,
nuestras sonrisas, tu canto.

Testigo es aquel espejo que siente suyo el cansancio
causado por nuestras luchas,
y del cual son prisioneras nuestras figuras desnudas,
que se crispan y que tiemblan
por tus saltos y mis saltos.

Es testigo la cortina,
los ojos de los retratos,
el tapiz sobre los muros,
los paisajes de los cuadros;
son las sábanas ajadas,
y lo son también los santos,
que miran desde el altar y nos maldicen pensando
que pecamos, fornicamos.

Sin embargo estos testigos siguen en sus sitios,
tácitos,
hablando con el silencio sin siquiera molestarnos.
Secundando nuestro amor,
nuestra entrega.
Sin contarlo.

XI

A la Vera del Riachuelo.

Noctámbulos amantes en la vera del riachuelo,
sobre tapices de piedra y de verde y fresca hierba.
Y entre ellos nosotros dos, jóvenes de sangre ardiente.
Amándonos como nunca, amándonos como siempre;
prisioneros excitados luchando por liberarnos
como un par de galgos fieros.

Y empezamos el ritual de caricias, besos, sexo;
Y tu saltas sobre mí como un pez en el riachuelo.

Las olas que nos observan, imitan los movimientos,
estrellándose en las rocas una y otra vez de nuevo,
y tan fuerte las azotan,
que estas gimen de placer como tu en este momento.

Las lámparas celestinas apagadas son de nuevo.
Son testigos como el viento de promiscuos jovenzuelos,
Que se aman noche tras noche a la vera del riachuelo.

Y se nos llega el momento, lo eterno se vuelve efímero.
Y en el silencio se escucha solo el canto del bohemio;
testigo de nuestro amor y que nos guarda el secreto.


Y continuamos desnudos; recostados sobre el suelo,
observando aquel paisaje: las estrellas a lo lejos;
hablando de cosas bellas, hablando de nuestros sueños.
Viendo como corre el agua.
Como se detiene el tiempo.

XII

Tu cuerpo desnudo. Impúdico.

Canto cuando lo deseo.
Canto cuando lo encuentro y lo poseo.
Su goce me satisface; sus poros lloran de goce.
Sus muslos tiemblan, su piel se crispa.

Es un universo ante mis ojos!

En cristal de sus ojos, mira mi desnudez frente a la suya;
Su piel canta mientras mis manos recorren
las tierras de su mundo existente;
sus besos ahogan el viento de mis besos,
y mi sexo se abre paso en su infinita selva de vellos enmarañados.

Tu cuerpo desnudo vuela excitado sobre mi desnudez que satisface tus deseos y los míos.
Mi desnudez penetra en sus mares salados y mi barca no quiere zarpar de su puerto.

Tu cuerpo desnudo es bello y lo amo por eso.
Pero más lo amo cuando me apropio de él
y sus confines.

XIII

Giro en torno a ti. Eres mi sol.
Giro en torno a ti. Hechizado,
alrededor de tu luz y de tu sombra.

Giro en torno a ti. Devenido,
cual hoja atrapada en el diáfano remolino de tus ojos.

Giro en torno a ti. Raudo,
Como enredado por el torbellino de tu aroma.

Giro en torno a ti. Monótono,
Como las aspas cansadas de un molino abandonado.

Giro en trono a ti. Zumbando,
como zumban las abejas sobre la flor atiborrada de miel.

Giro en torno a ti. Profano,
como giran los espíritus errantes en el mundo.

Giro en torno a ti. Loco,
como gira el desquiciado alrededor de su delirio eterno.

Giro en torno a ti. Como ebrio,
ebrio de ti mi sol.
Ebrio de tu luz y de tu sombra.
Ebrio de tus ojos, de tu aroma, de tu néctar.

Ebrio delirante.
Ebrio, ebrio de tu amor.

XIV


Desquicio.


Ola salvaje, indómita y profunda, agitas mis sentidos.
Taimadamente llegas al puerto donde cansado estoy de pensarte.

Pálido, tembloroso, callado y perplejo quedo ante ti.
Eres el súcubo lascivo que muerde mi sobriedad y embriaga mis pensamientos.

No se qué soy, no se quien soy ni que hago aquí.
Sólo te miro, me acerco, te toco, olisco tu perfume y muero en el acto.

Tú.

Te acercas y me despiertas de mi sueño,
parca eres ahora.
Quemas mi piel con tu piel.

Revivo.
Entre nubes blancas me encuentro,
y tu estas ahí, ángel negro que vienes y me abrazas.

Y volamos juntos hasta el infinito.

XV


Vienes como el viento delgado de un domingo olvidado, invades mi atmósfera con tu fragancia embriagadora.
Cae sobre mí tu rocío, despertando mis deseos en capullo.
Y en el alba, de súbito invades mi mente.
Te pienso.
Estoy atrapado por el viejo dolor del río donde naufrago.
Bogando con férrea decisión, quiero llegar a un puerto donde no este tu imagen, ni nada que a ti me ate.
Pero tu corriente es demasiado fuerte y llegas destrozando mi balsa de tarullas. Mi férrea fuerza se convierte en espumas.
Tú.
Prendes tu red de acero del alto sol, y esta se despliega atrapando hasta mis sueños.

Acaso me odio por amarte tanto?
Acaso quiero escapar de esta obsesión?
Y tú. Donde estas?
Estas recostada en tu viejo puerto?
Inclinada, viendo como me desquicio?
Seduciendo el ángel que guarda tu espalda?
O sólo nadando en mis pensamientos?

El sol nace, crece y llega a su muerte. El crepusculario descuelga tu red, y sobre las garzas que huyen del ocaso escapo hacia un puerto donde tú no estés.


Pero ha sido inútil, también ahí te encuentras.
Te atrapo en mis manos planeando venganza. Te sorprendo al verme como me veías, cuando con el alba tu a mi me invadías.

Pero me seduces, y mi fuerza férrea: es solo de espumas!

Prendes ahora tu red de la media luna; dejándome perdido con un viejo dolor: dolor de náufrago, dolor de amante,
dolor de esclavo de tu amor errante.



XVI

Eres alentadora y consoladora a veces,
Mortífera otro tanto.
Capaz de dar vida o muerte a quienes nos desquiciamos por tus encantos.
A cuántos has matado? A cuántos diste vida?
Cuántos meciste en tus brazos sin canción de cuna?
Cuántos bebieron de tus pechos aún improductivos?
Cuántos saciaron su sed con el néctar de tu boca?
Cuántos nacieron de nuevo al penetrarte?
Cuántos. Cuántos. No lo sé!
Sólo sé que al acercarse tu luz intensa y fogosa, mi cuerpo y mi alma se queman. Y luego tu me tomas en las redes de tus manos y riegas mis cenizas por tu cuerpo incendiario: por tu pelo, por tu rostro, por tus brazos, por tus senos; por lagos y por cañadas de agua dulce y embriagante. Y hago saltar los peces sumergidos en tu alma. Es como nacer de nuevo.

Pero llega el tiempo del ocaso, el púrpura te trasforma, y como noche de invierno, te vuelves fría y distante.
Y yo también me trasformo: mi alma y cuerpo mueren solos y tristes, congelados por tus gélidas miradas y los polares vientos nacidos de tus palabras.

Y quedo muerto entre tus muertos.
Solitario, como las calles del pueblo en épocas de lluvia.
Apagado, como las noches en que se pierden las estrellas.
Esperando, para mecerme entre tus brazos.
Esperando, para beber y saciar mi sed de ti.
Esperando, hasta que decidas darme vida de nuevo.

XVII

El Adiós.

Esta tarde
al ver como se pierden las aves a lo lejos,
al ver como abandonan el río que les dio aliento,
pienso en ti.

El día muere y yo muero con él.
El cielo se mancha con mi sangre, y el río parece hastiado, huye de mí al ver el dolor y la furia que brotan de mi alma.

Me dijiste adiós.

Y las campanas doblan a lo lejos anunciando que vives mientras muero;
y la llama del amor es sólo humo que ahoga, consume, enfurece y desboca la rabia, el dolor.

Me duele el alma.

Nuestra historia acabo.

Que importan las razones si ya no volverás.
Mi mente se llena de ideas para decirte, pero mi boca se niega hablarte y mis manos a escribirte.


Te has ido.
Y la noche me sorprende rodeado de recuerdos.
Te has ido.
Y el río tiñe sus aguas con mi negro lamento.
Te has ido.
Y aunque quiera negarlo no puedo.
Te fuiste.
Y eso es todo.

Sólo vino el adiós y me ha dejado muerto.

XVIII

Soy una iglesia abandonada.
Una leve pluma azotada por el viento.
Mi voluntad se esparce por el aire.
Me siento en medio de la nada.
Mi razón se ahoga en el río del desconsuelo.
El campanario de alegrías esta silencioso;
ya no doblan las campanas.

Todo se ha ido!

Las aves ya no rodean la cúpula de mis esperanzas, huyeron cansadas de ver como se deshojaban los árboles de mi parque decrépito, inhóspito.
Las brisas de tristeza entumecen y congelan con su oleaje las paredes de mi alma; las corroen, las desgastan incesantemente, dejando fluyente, libre, toda la levedad y debilidad de mi ser.
La vid de vida se ha fraguado.

Vino el adiós.

Sólo estoy solo!

Debo escapar de aquí.
Debo arrancar hasta las bases de mi soledad; me volveré ave y escaparé de ti, de mí, de aquí.

Traspasaré el muro de tristeza y me consumiré en la luz inextinguible de la alegría.

XIX


Aún habitas en mí.
Divinizada.
Aún te siento ermitaña en las cavernas de mi alma.
Aún el desierto de mi soledad se humedece al recordar tus caricias.
Aún siento vigilantes tus miradas que corroen mis montañas de pensamientos agrestes y mustios.
Aún escucho en la brisa tu sonrisa andariega.
Aún peinas el viento enmarañado de mi planeta sediento de tu perfume.

Aún habitas en mí.
Dispersa.
Saltando sobre el césped de mis sueños perdidos.
Calmando mi andar de esclavo errante.
Blanqueando las paredes de las cosas que ya han muerto.
Guiando las olas del mar donde naufrago.
Arando en noches tristes la piel de mi universo.

Aún habitas en mí.

… aún habitas.


XX

A un lado del silencio una trompeta suena.
Tu voz me habla de nuevo.
No quiero escucharte y aún así lo hago.
Mis oídos te odian, cansados están de escucharte;
Corroídos son por tus palabras.

Cierro mis ojos y te veo:
Veo tu boca. Oh tu boca! Carnosa, fresca y voraz.
He bebido de otras bocas más dulces y más voraces.
Pero no puedo olvidarte!

Veo tus ojos carmesí. Oh! Que hermosos y expresivos.
He mirado otros ojos brillantes y hechizadores,
pero tu hechizo es mayor, y ya no puedo olvidarte!
Y tu pelo, brillo negro: larga verja que mis manos enredaba a tus espaldas.
Me he enredado en otras verjas: rubias, negras, cortas, largas, más latentes que la tuya.
Pero no puedo olvidarte!

Veo tu cuerpo. Oh, tu cuerpo!
He tenido junto al mío más esbeltos, más ardientes.
Pero no puedo olvidarte!

Veo tus senos. Oh, tus senos! Mestizados y morenos, ensalzados cual montañas voluptuosas.
Mi pecho se ha enfrentado con pares más voluptuosos.
Pero no puedo olvidarte!

Enloquezco! Veo tu venus.
Oh, tu venus! Cimbrador satisfactorio, jugoso y penetrable.
Me he enfrascado en otros montes más jugosos y fogosos.
Pero no puedo olvidarte!

XXI

Noche callada y sola,
besas mi piel de nuevo.
Desprendes sobre las gentes tu somnoliento perfume.
Acércalo a mí, irrígalo a esta alma en vilo enhiestada en las corolas tristes del ayer feliz.
Perdido estoy en mustias absurdas e inútiles.
Y ella, oh ella!
Allí, en la mitad de la nada. Sonriéndome, Matándome.
Clavando puñales pérfidos en mi corazón.
Vete! Sal de mí! Lárgate!
No vencerás esta vez,
Los parajes de ti en mí son yertos e inhóspitos.
Me hieres y te maldigo.
Tu recuerdo es estúpido!

Estoy triste. Intento reír. No río.
Para que reír? No quiero reír.
Mi alma esta enlutada. No ha muerto nadie.
He muerto yo!
Mañana quizás viva.

Vivire!

No pensaré más en mis recuerdos. Debo olvidarlos.
Debo olvidarlos y lo haré…


… qué es esto?
Me ha alcanzado tu perfume, ya lo siento.
Mis párpados caen como aspas cansadas y me hundo en tus racimos de sábanas colosales.
Sueño muerto…

… quizás mañana viva.
CUENTOS
I
POR : EDUARDO TORRES RUIDIAZ


LAS SABANAS DEL DILUVIO
Para Erasmo.

En tiempos de mi bisabuelo, el sabanero municipio de El Paso sufrió los rigores de una inundación de leche. En aquel entonces algunos atribuyeron el fenómeno al clima y otros tantos a un trastoque del ciclo lunar. En todo caso, las ubres de las hembras de todas las especies se hincharon de un modo tan sobrenatural que las vacas desesperadas restregaban contra los árboles la rasquiña de sus tetas y todos vieron a las manatíes abandonar el río a plena luz del día para disputarse a los cerdos que ya no daban abasto para mamarlas a todas.

Mi bisabuelo era el ganadero más rico y el único que se daba el gusto de viajar todos los diciembres a la villa de Medellín. Poseía tantas reses, que éstas tardaban un día entero pasando del corral a los pastizales, de modo que las que apenas salían a comer se tropezaban con la romería de las que ya regresaban a dormir y el pasto apenas si tenía tiempo de volver a retoñar. Así que sólo un hombre como él, acostumbrado a regatearle cinco centavos a una pobre vendedora de bollo limpio, no vio en la crisis, como el resto de gente, una jugarreta del diablo sino una nueva manera de llenar sus tinajas de plata. A partir de aquel momento no se le vio descansar un minuto al frente de las tres jornadas de ordeño que estableció a madrugada, mediodía y tarde y que los peones vaciaban en dos piscinas de tamaño olímpico que mandó construir. La idea era no tener que botar ni una gota de leche al río Ariguaní porque Dios castigaba con rigor esos malos actos y, a pesar de todo, mi bisabuelo, como todos los Paseros, era persona muy creyente.

La gente no sabía que hacer con tanta leche y por ello las corpulentas amasadoras de queso del vecino municipio de Arjona tuvieron que apelar a todos sus recursos para poder cuajar las trescientas treinta cantinas de leche que ahora le llegaban a cada una tres veces por día procedentes de los pródigos corrales de El Paso. Así que mientras amasaban una pelota de queso con las manos, amasaban otra con los pies. Muertas de risa se sumergían a cualquier hora en las poncheras de leche a retozar en la abundancia, amasando por placer y no por negocio. Al principio los calambres inmovilizaron a algunas pero se volvieron diestras y, aún después del cataclismo que acabó con la bonanza, muchas siguieron utilizando los pies para las labores más cotidianas como tejer, medir la sal de la sopa y hasta iniciar los preámbulos del amor. Por ello fue que el queso nunca tuvo mejor sabor y aquel aumento en la productividad de las amasadoras de Arjona fue la que terminó llevando a la quiebra a las opulentas queseras barranquilleras; porque una libra de queso arjonero puesto en la mesa llegó a costar menos que un huevo crudo. El tren de la tarde partía taqueado de queso hasta el techo, impregnando con su humor salado el aire respirado por los bananales desparramados a lado y lado de la vía férrea. Fue esa la causa de que desde entonces el banano caribe se impusiera en el mundo por su sabor.

“-¡...es como comer guineo con queso...! –“ exclamaba en su español trabajoso el gringo Mr. Herbert mientras contaba sus bultos de plata en el puerto de Santa Marta.

Fue entonces cuando decidió mi bisabuelo salirle adelante al negocio del suero. Hasta entonces la fermentación se hacía en diminutos cocos de totumo perforado y sólo para el consumo doméstico. Así que el hombre tomó aquel principio natural y lo amplificó aplicando a su disposición de genio la confianza de buen jugador ganada en sus buenos negocios. Total que una mañana el pueblo se despertó frente a una torre de madera, tan alta que desde su pico podían vislumbrarse en las tardes despejadas el reguero de islas de la ciénaga, con un orificio único en el techo por el cual, ante una orden de mi bisabuelo, comenzaron a rellenar los peones de la finca con baldados de leche: treinta mil cuatrocientos setenta y tres contabilizó mi abuelo, los cuales a cálculo de buen empresario debían rendir sesenta y ocho mil cuatrocientos galones de suero y, más o menos, veintidós mil de desperdicio para engordar los puercos. No obstante tan prodigioso invento fue el causante del primer dolor de cabeza porque en la inauguración del primer embarque de suero, el cual se logró colocar en el exigente mercado francés, el peso de la carga desquició las tirantes de madera de la vía férrea, todavía verde, y uno por uno como en cámara lenta, los veinticinco vagones impermeabilizados y esterilizados regaron su carga de veinte mil galones de suero en el cruce de la única calle de entrada al pueblo. El tractor que valientemente intentó desenterrar al tren terminó atollado y su motorista estuvo a punto de perecer ahogado en el barrial de suero que, como hambrienta arena movediza, devoró todo lo que encontró en su camino, incluyendo la bendita torre. De este modo los franceses aún continúan desconociendo las bondades gastronómicas del suero y El Paso terminó bloqueado por su propia bonanza de leche.

Las mujeres al principio pasaron desapercibidas dentro de la crisis. Simplemente agradecieron al cielo el novedoso prodigio y doblaron el turno de amamantar a sus niños. Pero cuando los senos empezaron a doler entonces tuvieron que organizar sus propias jornadas de ordeño y acumular los sobrantes en la nevera. Ahora no solo los bebés comían de ellas sino toda la familia; el café con leche del desayuno tenía ahora un leve sabor a calostre y los jugos se espesaron cual malteada tropical. La necesidad hizo nacer en aquel momento una nueva profesión: los mamadores profesionales. Eran muchachos de lengua succionadora y estómago insaciable que por pocos pesos aliviaban al instante las presiones lácteas de cualquier seno adolorido. La nueva situación se prestó para despertar suspicacias entre los maridos celosos y más de una doña adúltera aprovechó la ocasión para alojar bajo el disfraz de “mamador exclusivo” a algún amante furtivo.

Eliseo Campo, alcalde de entonces, cuyo prestigio electoral lo respaldaba el acto de haber decomisado las vacas de su propia madre por pastar en la vía pública, intentó administrar, el que ya era un problema público, con sus recursos de parranda. Primero hizo preparar un pañete de cemento en base de leche para decorar la fachada del Palacio Municipal y expidió un decreto que obligaba hacer lo mismo con todas las casas del pueblo.

“- ¡ seremos la ciudad blanca del mundo! – “, sentenció admirando orgulloso su obra.

Luego ordenó vaciar el agua de los tanques del acueducto y llenarlos de leche. “Lecheducto Municipal” rezaba el nuevo letrero. Al principio costó trabajo acostumbrarse a las duchas de leche y los efectos diarreicos superaron la capacidad del alcantarillado local. Pero a la semana, los estómagos recobraron su dureza, las pieles más ancianas retozaban recién nacidas y los organismos se volvieron fuertes como el roble. Los virus más temerarios, como el de la gripe europea, fueron erradicados hasta de la memoria de cualquier habitante de El Paso; tanto que ahora los médicos pasaban las tardes jugando dominó sobre la mesa de operaciones sin nada más que hacer mientras las vacas devoraban el terciopelo rojo de las cortinas de la sala de espera.

Como tercera medida la Alcaldía inauguró “Los primeros Campeonatos Lácteos de la Sabana” donde las mujeres de tetas más prodigiosas abrieron sus grifos animadas por los gritos alborozados de los concurrentes ante cuyos ojos atónitos se derramaban poncheras y más poncheras de leche. Era una buena manera de distraer el problema y a la vez generar recursos ya que las competencias arrastraban toda una parafernalia de apostadores, jugadores de bolita y vendedores de fritanga que le generaban jugosos impuestos al fisco municipal.

En aquel momento fue cuando mi visionario bisabuelo se dio a la tarea de convertir en polvo la leche de mujer para su exportación y así las mujeres Paseras fueran reconocidas en el ámbito internacional como los pezones del mundo. “- ¡....El mercado nos lo garantiza la peste del hambre que azota a Europa...! – “ , fue la frase que terminó de convencer al gerente del banco para otorgarle a mi bisabuelo el segundo préstamo en menos de un mes. Pero tal intención, tan noble, fue despedazada por una mala combinación de químicos que elevó por los aires el laboratorio junto con tres cuartas partes del pueblo. Ochenta mil toneladas de leche en proceso de cuajado se elevaron por los cielos en una explosión de Apocalipsis y un hongo atómico se asentó durante dos meses sobre el área del pueblo sumiéndolo en una larga noche que enloqueció los relojes biológicos de las gallinas. Además comenzó a caer una continua lluvia de copos blancos que sabían a yoghurt, que poblaciones vecinas llegaron a confundir con el maná bíblico, el manjar que cae del cielo, el fin del trabajo con que tardíamente Dios recompensaba a su sufrido pueblo. Incluso se supo de un caserío de pescadores en donde los hombres botaron a la ciénaga azadones, atarrayas y pilones con la creencia de que ya no había que trabajar más porque ahora solo era echarse en una hamaca y esperar porque Dios estaba mandando la comida del cielo. Una horda de pisingos migratorios equivocó el rumbo del norte, despistados por los meteoritos de nata que tres meses después aún flotaban en la atmósfera impidiendo el acceso de los rayos solares y afectando el proceso de fotosíntesis natural. Los pastos se tornaron ocres y los herbívoros emigraron, recordando el cataclismo prehistórico que extinguió a los dinosaurios. En las aguas heladas y oscuras los peces se volvieron ciegos y los manatíes se sentaron en los barrancos a morir de nostalgia.

Hasta ahí conozco la historia y conocí El Paso en mis últimas vacaciones de la universidad. La ruta fue abandonada por las flotas que ahora desvían por la nueva carretera troncal. Tuve que lanzarme con mi morral al hombro de la chiva en marcha, cuyo conductor no recordaba haber trasladado a un ser viviente hasta allí hacía tiempo. “-...los paracos hicieron ir a todo el mundo...-“, me explicó haciendo alusión a los grupos paramilitares. Mi caída fue acallada por el alboroto de las gallinas colgadas bocabajo en la parrilla del vehículo. Así que caminé dos horas llevado por la carrilera cuyos goznes están soldados por el abandono del tren y en la estación los vagones volteados les sirven de dormidero a la plaga de burros nómadas. A la entrada de la única calle vi el tractor momificado por el óxido de la sal. Del montículo de harina le sobresalen una llanta trasera y el timón sobre el cual unos niños juegan a la nave espacial. Las casas están pintadas de colores y el pueblo mismo parece una pintura suspendida en el paisaje. A las nueve de la mañana, cuando la humedad del calor traspasa la ropa, no hay asomo de actividad distinta al pregón de las vendedoras de bastimento. La casa de mi bisabuelo se distingue en la sabana por el buen gusto de su arquitectura republicana, así que aceleré el paso al acercarme a ella. Las traviesas de los corrales están surcadas por caminitos de comején y el último cagajón adquirió hace tiempo la dureza fósil de la piedra. Las piscinas en las que mi bisabuelo tomaba sus baños matinales de leche está forrada por una nata verde por la cual se asoma de vez en cuando la trompa curiosa de una babilla. Por las grietas del piso de la casa se alcanza a escuchar claramente la labor eficiente del bejuco desquiciando los cimientos de la casa y en la única habitación, donde dormían todos, aún flota el olor a medicina de los libros que tratan de ignorar el paso del tiempo dentro de los baúles. A pesar del abandono, en medio del sancocho de ruinas flota un ambiente de actividad misteriosa. Es como si al huir todos, se hubiesen ido antes de tiempo, dejando el último día a medio terminar. Allí donde alguna vez estuvo la mesa del comedor, ahí estaba el cascarón de la última vaca que no alcanzó a salir corriendo antes de que llegara la peste.

Bogotá. 1996.


LA PARRANDA DEL JUEVES

A mi hermano Julio

El hombre tuvo que agacharse para esquivar los cogollos del matarratón que se interponía en su camino hacía nosotros. Sus abarcas recorrieron los dos metros que le quedaban y plantó frente a mí su corpulencia de Ceiba. Se inclinó y agotó de un solo trago mi cerveza. Devolvió la botella vacía al suelo. Se acomodó el sombrero ladeado y su sonrisa dejó ver una hilera de dientes manchados por el pielroja, en los cuales podían leerse los detalles de su edad. Fue suficiente con que contara el primer cuento para que la ronda se cerrara a su alrededor y las cervezas se amontonaran en su puesto. Pero rechazó las cervezas y respiró hondo como quien se detiene al final de un largo camino. Dejó a un lado su locuacidad de chofer de plaza y me llamó aparte:

Ven acá Mauro.....

El sabe que yo no me llamo Mauro. Pero lo dijo más por la trampa que le tendió la nostalgia que por molestarme. Así me llamó siempre. Desde cuando me raptaba para llenarme los bolsillos de confites y bolones. - ¡...para que te crezca más la barriga! – Me decía.

- Oye Mauro: y que es lo que tienes en esa pipa, Ah?

- Una galapaga – le contestaba yo para que el celebrara muerto de la risa ante sus compañeros de plaza; orgulloso de mi viveza.

Después las cosas cambiaron. Me hicieron cogerle miedo.

- ¡Ese hombre lo que quiere es robárselo para llevárselo para Barranquilla a pasar trabajo! – Decía mi bisabuela. Él, en cambio, nunca entendió porque fue que no pudo volverme a sentar en las rodillas durante sus parrandas ni jugar al acordeón con las cosquillas de mis costillas. Entonces se buscó el modo de hacerme llegar las bolsas de bolones que yo comía escondido en las madrugadas para calmar el ruido de mis lombrices.

Un día no lo volví a ver más. No me hizo falta. La verdad es que sólo recordaba su modo de hablar fuerte y con gracia. Aunque a veces, mientras el mundo dormía, yo me despertaba y añoraba sus animalitos de azúcar.

Crecí con el afecto de las nueve mujeres de mi casa, quienes se turnaban para darme el tetero, para bañarme en hervidos de matarratón y peinarme con manteca de cacao, y para explicarme porque se me estaba llenando de pelos el cuerpo.

De él, alguna vez escuché que lo habían baleado los cazadores de ilegales en Maracaibo, después resucitó contrabandeando whisky por los lados de Coveñas y no faltó quien dijera que lo había visto escoltando esmeralderos en Bogotá. Imaginaba yo los ricos bolones que me hubiese podido mandar de por allá.

Hasta ayer, cuando la algarabía de su risa volvió a congregar a los choferes en la plaza, me había olvidado de su nombre. Dicen quienes lo vieron, que llegó forrado en cadenas de oro engarzadas en anclas de esmeralda, y que a la hora del almuerzo entabló en los mesones del mercado una épica batalla contra una cabeza de bagre ahumado, batalla en la cual también perecieron tres postas de yuca cocida y medio gajo de mafufos. Allí, aprisionado entre las bisagras del pez de tres metros, pregonó, para que todos oyeran, que había regresado para llevarme a estudiar lejos y hacer de mi un doctor. Un guarapillo de panela selló su victoria mientras los restos de su oponente vencido eran disputados por los perros. Así que tomó una bolsa que no había soltado desde que llegó y emprendió un camino que él mismo se encargó de hacer más largo entrando en todos los patios que lo separaban de mi casa para saludar. Pero tantas distracciones eran vanas, porque aunque no se apuraba, la parranda parecía venir a él.

- Que vengas Mauro ! – Me insistió.

No me moví. El miedo me dejó atornillado al pretil.

- Nojoda Mauro....la vida es un cuento, ¿Ah ? - Me dijo haciendo un código indescifrable con su mano derecha. En ese momento la bolsa se zafó debajo de su brazo y el suelo se floreó de bolones multicolores.

Bogotá-1996




MEDITACIONES EN CLASE DE MACROECONOMIA



Cuando entraste al salón, interrumpiendo la clase con tu llegada tarde, simulé estar concentrado en las teorías con que el profesor divagaba al frente, diferente a todos los demás que prácticamente devoraron tu cuerpazo de los senos a los tobillos. Y claro...! por eso preciso te viniste a sentar a mi lado, buscando el oasis de mi pupitre entre aquella inmensidad de morbo que despiertas donde haces acto de presencia. Pero, ¿y que más pretendes despertar entre nosotros, pobres mortales expuestos a tus encantos de diosa?, con ese trasero tan bueno que te mandas y esos jeans apretados que te ayudan a resaltarlo; ¿y tus senos? grandes y redondos, apenas perfectos para esos escotes que impiden mirarte a los ojos. Es más: me deleito pensando que ese par de pechos son dos barquillos de vainilla que se derriten ardientes en mis labios. Y me hago el desentendido pero ya tu sabes que mi vista se deleita en la transparencia de tu blusa y que una sola mirada es más que suficiente para desabrochártela, flotar en el cielo estrellado de los lunares de tu cuerpo y despertar con la mirada perdida en el vacío verde del tablero repleto de modelos matemáticos y equilibrios generales.

Y no es tanto lo buena que estés sino como te exhibes: con ese caminadito de vendedora de alegrías de coco y anís hasta gusto da verte subir las escaleras de la facultad. Por eso entonces no pongas esa cara de puta de puerto cuando les dices toda desilusionada a tus amigas que estás aburrida porque “es que los hombres solo piensan en eso”. Será por eso que, aunque en el barrio a nadie le devuelves el saludo, tus andanzas son capítulos de una telenovela que nadie se atreve a comentar delante de ti pero de ninguna otra se habla tanto a tus espaldas. Los pelaos de la esquina, vaciladores del trasnocho, comentan que te la pasas calentándole el huevo a todo el que tenga gasolina y un par de llantas para pasearte por la avenida de la bahía pero que a la final eras sólo aleteo y nada de sancocho. Pero tus compañeras de curso, esas que llamas “tus amigas” y que saludas de besito, esas dicen que eres una culiona de tiempo completo y que tus profundidades están ya más exploradas que el caribe mismo. No obstante, tu mamá arma sus peloteras de terraza para defenderte de las vecinas que le recuerdan tu fama de lesbiana entre las señoras de sociedad y le dicen que cuando vas a las casas del estrato seis a tus tardes de piscina, a las doñas no sólo les haces el manicure sino de una vez el aseo completo. Ah...! y no es sino que un día medio salgas con tus fachas nocturnas de vampiresa o un body de florecitas para que la moda de las gomelas vaya detrás de lo que tú te pones, y tu noviecito cuelga de ti como un accesorio más de tu pinta. Cuando te viene a recoger, la verdad es que no sabemos a quien piropear: si a ti por tus renombrados atributos o al tonto ese con sus nalgas de mujer y su trenza recogida con esmero de quinceañera. Por lo menos lo escogiste con buena marca de carro, renegando así un poco de tu fama de bruta, porque todavía nadie se explica aún como hiciste para vadear las tormentosas aguas de microeconomía y que estés en esta clase haciendo esas preguntas tan pendejas y respondiendo los parciales en blanco a la lumbre de tu marlboro, pensando en nada, pensando en tu trasnocho, maltratada hasta el alma por otro amor rápido que antes de abonarte no se tomó el trabajo de matar el saldo inmenso de ternura que aún te queda al débito; pensando en todo menos en contestar el examen. Y aunque mi cara de nerdo pueda dar la impresión de chico pilo, mis notas en cambio reflejan es al tipo que en clases no le pierde el paso a tu trasero y que está dispuesto a suicidarse por ti, o contigo misma, en los acantilados repletos de cadáveres de la econometría. Es que el sólo rocío de tu aliento en mi nuca para que te sople en los exámenes es lo más cercano a un orgasmo que yo haya podido experimentar en mi vida. Así que no me importa que me digan que sólo soy la tabla que tu has escogido para salvarte de tu naufragio semestral, más bien me toca ir pensando en la llamada de mi vieja que no se explica como es que un muchacho al que toca girarle plata hasta para que le laven los calzoncillos, y que estaba a punto de graduarse por promedio, se puede tirar macroeconomía dos veces seguidas!.
Eduardo Torres Ruidiaz
Bogotá. 1992-97
II
POR: AGUSTIN VALLE MARTINEZ
No hay muerto malo, porque con
la muerte arrastra sus pecados.


EL LLANTO DEL ADIOS

I

No hubo discursos, sólo llanto. Un llanto general. Todos lloraban. No había que mirarse, no había que hablar. El inmenso dolor sólo los dejaba llorar. Las lágrimas se confundían con el sudor de sus rostros. Sudaban de pies a cabeza, el calor era abochornante, el sol era implacable; lloraban de pies a cabeza, el dolor también era insoportable.

Había muerto ella, la " niña Rosa ". No era una dama de alta alcurnia, no pertenecía a la clase dirigente; no significó para muchos de los que leyeron el aviso de " Ha Muerto " absolutamente nada. Es cierto, no era como la recientemente desaparecida doctora Delma Suárez, muerta en un nefasto accidente de tránsito: abogada, ex-alcaldesa ex-diputada y muy conocida en toda la región. Murió la doctora Suárez, se decía entonces en cada calle, en cada puerta, en cada patio. Todos fueron a su funeral. Vinieron gentes de todos lados en lujosos autos. Hubo transmisión en directo por el canal local de televisión, para que los que no pudieron venir observaran con lujo de detalles el cortejo. Hubo discursos desde el comienzo de la tarde hasta que ésta hastiada de tanta palabrería decidió irse, dándole paso al crepúsculo. Hubo misa y procesión, las calles estuvieron atiborradas de personas que abochornadas sudaban a chorro, pero no por el dolor, atribuían el calor al fenómeno del niño.
- Que calor tan fuerte -. Decían algunos.- Espero que esto termine rápido-. Pensaban otros.
- Hipócritas, hipócritas-. se repetía una y otra vez Antonio, el hijo más querido de la difunta.- Por qué hoy están aquí si ayer la tenían en el olvido, por qué ayer la ofendían diciendo que era una imbécil, una mala dirigente, la peor alcaldesa, y ahora dan discursos en su nombre diciendo que ella era la mejor de todas. Malditos hipócritas-. y concluyó.- vinieron a celebrar su muerte, no a llorarla.
- Es como el entierro de Galán, no?-. Dijo orgullosa una de sus tías. Él confundido y sin pensar repuso.- Te imaginas cuantos hipócritas!
- Qué dijiste?
- No, nada, nada.


II

Eran casi las seis. El cortejo fúnebre llegaba a su destino, allí donde se supone no debe haber distingo de raza, condición social ni religiosa, pero entonces por que hay mausoleos con hermosas y majestuosas formas, con figuras de mármol, paredes de granito y epitafios de bronce, y otras con solo una decrépita y solitaria cruz, y de adorno tienen zarzas y malezas resecas. Y por que existe entonces un cementerio para católicos, otro para protestantes y otro para cuenta religión nueva se invente.- Por qué?-. Decía el viejo sepulturero.- Por vainas de los vivos, ganas de joder, pero estén en la más bonita o la más fea, aquí o allá, están muertos, y van a seguir estándolo hasta que Dios lo disponga.


III

La noche tomaba vida, los discursos seguían frente al mausoleo, más de la mitad de los asistentes se habían ido. Con la ayuda de velas siguió el acto, el último de los discursos concluía, la interminable fila de coronas y arreglos florales de todas formas y tamaños se deslizaba lentamente a lado y lado del hermoso féretro traído del centro del país. Las gentes se arremolinaban, se subían sobre otras bóvedas para saciar su curiosidad. El féretro dificultosamente y a empujones penetró a su lecho final, el llanto de los familiares era pausado, lento, la gente que aún estaba en el sitio empezó a desfilar hacia la salida. El olor a muerte se fue haciendo más fuerte. Los primeros en salir fueron los fisgones, y los que sólo habían ido a chismear, luego salieron los conocidos de la familia, los amigos y compañeros del partido, los cuales subían a sus lujosos autos agradeciendo que por fin acabara la comedia, luego desaparecieron rápidamente por las calles mal iluminadas.


IV

El sepulturero pegaba los ladrillos con la ayuda de las mismas velas del último discurso. Finalmente salieron los familiares de Delma. El viejo sepulturero colocó el último ladrillo, todos habían desaparecido y el olor a muerte estaba en todas partes, él lo podía sentir. Miró en derredor. Suspiró.- El cementerio es para los muertos -. Dijo, hizo una pausa y mirando en dirección al lecho de Delma continuó diciendo.- Usted esta muerta doctora, aquí todos están muertos... y yo también-. Se dijo para sus adentros.- Muerto pero aun vivo!-. Gritó, pero su grito se ahogó cuando se topo con aquel olor a muerte.


V

Eran cerca de la diez. Todos los vecinos, amigos, familiares, los once hijos venidos de varias partes y el esposo de la niña Rosa veían agradecidos la llegada del sacerdote y sus acompañantes. La sala no era muy grande. El féretro ocupaba gran espacio, las personas escuchaban con atención los rezos y los respondían tristemente. Unos estaban en la cocina, otros alrededor del cajón, al lado del sacerdote o en la puerta y sobre el andén con el sol sobre la espalda. Mientras se decían los rezos y las oraciones, sus cuatro hijas lloraban.- Por qué te fuiste -. Decían entre sollozos. Nada más.
La misa y el rosario culminaron al cabo de una hora, el calor subía de tono, pero todos querían estar allí acompañando a la difunta. El trayecto hasta el cementerio fue corto, no vivía muy lejos de ahí. La gente agradecía a Dios porque esta larga espera al fin terminaba. No por ellos, por su cansancio o su sofocación, sino por ella, por la niña Rosa, no se merecía esto después de muerta; tres veces pospusieron su sepelio, cuatro días esperando la llegada de sus hijos, el último había llegado la noche del sábado y se dispuso el entierro para el siguiente día a las diez de la mañana.

Eran las once pasadas y todos seguían allí, frente a la pequeña tumba. El cajón había descendido hasta el fondo y ya todo estaba sellado. El llanto en sus hijas, nietos y viejas amigas era incesante, los grandes ojos verdes de sus hijas estaban hinchados y rojos, los hijos varones y demás hombres permanecían en silencio con los ojos lloroso, con lágrimas a punto de desbordarse.- Hay que tener orgullo, orgullo de macho-. pensaba el más robusto de los hijos, y entonces miró a su hermana, y esta lo miró con los mismos ojos verdes de su madre, y el no pudo tener orgullo, orgullo de macho y ya no pudo contener el río que había en sus ojos, y este se desbordó, y ya no pudo llorar solo por la frente, las manos, los brazos, la espalda, las piernas y los pies, sino que también lloró por sus ojos y todos los miraron y empezaron a llorar, y lloraron hasta que la sed les hizo pensar que ya no podían llorar más.

El mediodía había pasado, la tumba estaba totalmente sellada, tenían que irse, tenían que dejarla descansar. Todos salieron al tiempo. Ella se quedaba allí, en el cementerio, ella estaba muerta y el cementerio es para los muertos, pero ella viviría en sus mentes y sus corazones para siempre.



El Banco, Magdalena. 1995


ROSAS EN EL PATIO

I

La tarde del domingo caía lentamente, parecía que el tiempo se había aburrido como todo el mundo y se había quedado dormido sobre la brisa cálida que inundaba las calles. El calor intenso del día había sucumbido con la tarde, las calles estaban solitarias, como si todos hubiesen muerto, sólo la vieja María y su hija Elisa hablaban tonterías debajo del palo de mango que estaba frente a su casa.
Un repentino bullicio interrumpió el silencio, María perdió el hilo de la conversación.- Que habrá sucedido-. Preguntó a la hija.
- Vamos a ver-. Repuso esta. Las dos se levantaron y se dirigieron hacia donde estaban las personas que murmuraban sin cesar.
- Qué pasa?-. Preguntó Elisa a Laura, una vecina que venía en el tumulto.- Otro muerto-. Contestó con la voz entrecortada; su piel estaba mohosa y quemada por el sol al igual que la de las personas que venían con ella.- se ahogó otro muchacho en el río, allá cerca a El Salto.
Al cabo de unos minutos todos los vecinos habían salido a ver que pasaba. Y empezó así el cuchicheo: que se ahogó en El Salto, decían unos, que estaba con una niña que se salvo de milagro, decían otros, que no, que la niña también se ahogo, que no fue en El Salto, sino en otro sitio, que era el hijo de la señora que vende empanadas en la puerta del estadio, que no entendían como se había ahogado si el río estaba seco. En menos de una hora la comidilla se había regado por todo el pueblo con un torrente incontenible, como empujada por la brisa. Y entonces la vieja María no pudo seguir fresqueando frente a su casa. Los recuerdos la atacaron sin tregua. Agarró su asiento y lo rodó hasta el patio, lo recostó al palo de mamón, cerca a las matas de rosas, que a pesar del intenso verano seguían frondosas y llenas de vida, ella las cuidaba demasiado.- Yo perdono pero no olvido-. Pensaba.- Pero si no olvido no puedo perdonar, no puedo.


II

La noche llegaba y los muchachos no aparecían. Ellos no demoraban tanto, había llovido todo el mes y el camino era oscuro, no era considerado peligroso pero el temor era inevitable.

Eran cerca de las nueve cuando Pedro apareció en la puerta de la casa: tranquilo, callado. Entró y se sentó en el banco recién hecho por su padre.
- Y Bernardo. Y la leña?-. Preguntó su madre.
- Por ahí viene-. Contestó sereno. Así estuvo hasta las diez cuando su tía le preguntó y volvió a preguntar.- Y Bernardo?-. Y empezó a impacientarse como a las once cuando los vecinos aparecieron de la casa preguntando por Bernardo. Presentían que algo malo había pasado, pero solo podían esperar o que lloviera o que Pedro contestara, pero ni llovía ni Pedro contestaba.

Como a eso de las doce, Pedro estaba desquiciado: sollozaba, gemía. Todos empezaron a sacar conclusiones: que estaban en el río. Que donde estaba la leña. Que seguro, seguro que Bernardo se había ahogado.
- Pedro, Bernardo se ahogó?-. Preguntaban unos.- Qué le pasó. Tú sabes dónde está. Dónde lo dejaste. Se ahogó. Bernardo se ahogó?
Y ya como a la una, Pedro no pudo más. Lloró, lloró con ganas. Se levantó del banco y entonces gritó: - Se ahogó, Bernardo se ahogó. Y fue como si el suave viento de la noche se hubiese llevado todo el peso de su secreto ahora develado.
María que hacia horas no dejaba de dar vueltas y sollozar, se llevó las manos a la cabeza y gritó, lloró, pidió explicaciones a su sobrino, Pedro no dijo nada más, ni en esos momentos ni nunca más.


III

Muchos comentarios se produjeron, pero todos eran intranscendentes, Pedro no daba claridad al asunto, lo había olvidado o aparentaba hacerlo.

El cuerpo de Bernardo fue buscado a lo largo y ancho del río, por pueblos y caseríos río abajo. El modesto féretro fue paseado por cuanto pueblo había a orillas del río, pero el cuerpo no aparecía.

Semanas más tarde María y su esposo Francisco llegaron a una pequeña vivienda a orillas del Magdalena. Preguntaron por su hijo, el dueño de la casa respondió que por el río pasaban muchos ahogados, pero que hacia algunas semanas había sacado a un muchacho que no traía documentos. Una llama de esperanza ardió en el corazón de María, sentía que era su hijo aquel muchacho, la esperanza se prendió en toda su alma y sintió alegría, una alegría triste que la hizo llorar.
- Traía estos zapatos -. Dijo la mujer de aquel señor, mostrándolos a los visitantes.
- Es él!-. Exclamó María mientras se ahogaba en un profundo llanto.

El día estaba nublado, la brisa que se desprendía del río era fría.- Es aquí-. Dijo el hombre mientras señalaba un corto hilo de tierra amontonado.- Aquí lo enterramos. María observó el sitio indicado por el viejo, había una cruz encima y unas matas de rosas recién sembradas, el viento raudo y helado hizo estrellar los nubarrones del por qué en su mente y estallar tempestades de incógnitas y de llanto que continuaron semanas y semanas en las cuales no sabía que hacer o decir, no sabia lo que había pasado, lo único que sabia era que su sobrino no le diría nada.


IV

Los meses pasaron y los sufrimientos seguían carcomiendo el alma de María, pero esa mañana, la mañana del lunes ella se levantó temprano, erguida como el brillante sol que hacía ese día. Las lluvias ya habían cesado, el verano comenzaba, ella se vistió con sus humildes ropas negras y salió, a despejar nubarrones, como le dijo a su marido momentos antes de salir. Se preguntaba que pasaría. Respondería a sus preguntas el doctor José Gregorio.

El mediodía se acercaba, María regresaba a se casa bajo aquel sol que la seguía inclemente, caminaba fugazmente, sus ojos brillaban, centelleaban con el sol, unas calles antes de llegar a su casa María se detuvo y entro a casa de su vieja amiga Rosalina, esta la invito a sentarse.
- Lo sé todo!-. Exclamó entre sollozos.- Le dije que iría a despejar esto que me carcome el alma.
- Y que ocurrió?
- Me dijo que me quería, que perdonara a Pedro, que rezara por él-. Las lágrimas brotaban de sus ojos suavemente, sus manos no hallaban que hacer.- Me dijo-. Continuó.- Que sembrara rosas en el patio y así estaría siempre conmigo. Rosalía se le acercó y la abrazó mientras María repetía.- Ya lo se, ya se lo que pasó.


V

- Bernardo, apaga esa radio y báñate rápido-. Gritó María.- No se por que te gusta escuchar tanta mierda, y acuérdate de ir a buscar la leña con Pedro.
- Si mamá, ya voy.

Al regresar del baño, que eran en realidad cinco hojas de zinc, Bernardo se acercó a la destartalada mesa y se dispuso a moler el maíz. Era su rutina diaria, moler para que su madre se ganara unos pocos pesos.

Era la hora del almuerzo, la leña un poco húmeda estaba recogida y dispuesta en bultos listos para cargar. Pedro y Bernardo correteaban a orillas del río, el día estaba despejado y claro como no era costumbre en aquella época del año. La hierba estaba fresca y húmeda, destellaba rayos de luz cuando el viento las hacia serpentear.
Mientras corría, Bernardo descubrió unas plantaciones de sandia, se acercó y vio una muy grande, casi gigante. La arrancó de inmediato, dio media vuelta y se encontró a Pedro frente a él, Pedro era un poco más bajo pero de cuerpo musculoso.
- Una patilla-. Exclamó.- Y con esta hambre.
- No, no la comeremos aquí, esta la llevaré a mi mamá. Busca otra.
- No seas pendejo, comámosla aquí, además no veo que hayan más.
- Ya te dije que no!
- Como que no maricón-. Pedro había subido el tono de su voz.- Es que no tienes hambre?
- No me digas maricón-. Repuso Bernardo.- Y si tienes tanta hambre, come mierda!-. Gritó.
- Come mierda tú-. Gritó furioso Pedro al momento que se abalanzaba sobre Bernardo y lo golpeaba. Bernardo cayo sobre la fresca hierba, sintió que el sol se reflejaba en sus ojos, se levantó como un felino furioso y clavo su puño en el estomago de su oponente. La sandia que estaba en manos de Pedro voló como un rayo y se estrelló violentamente contra el suelo, se partió en muchos pedazos y su jugosa pulpa se regó sobre el césped. Pedro, más furioso aún, tomo un palo de leña húmedo, pesado y macizo y con rabia lo estrelló contra la cabeza de Bernardo, este se desplomó como una hoja seca en aquel campo verde...

... Si mamá-. Decía una vieja con voz de adolescente, mientras María se ahogaba en llanto.- Así pasó-. Continuó.- Luego Pedro tomo mi cuerpo, creía que yo había muerto, lo arrastró y lo tiró desde un barranco al río-. Silencio.- después reaccioné, tenía vida, sentí que el agua me ahogaba, grité, pedí auxilio. Fue inútil. Después todo desapareció, no hubo ni ruidos ni nada, hasta ahora que te hablo-. María escuchaba y lloraba silenciosamente, Luego Bernardo o la vieja, o quien estuviera hablando continuó diciendo.- Mamá, no llores, yo te amo y siempre te amaré, perdona a Pedro, reza por mi para poder dormir en paz y por favor siembra en el patio matas de rosas.


Agustin Valle Martinez
El Banco, Magdalena. 1995
III
POR : NESTOR MEJIA COLEY
EL RETRATO


Tenía tiempo de no ver a mi prima, lo último que supe de ella – me lo contó mi tía- fue que se había fugado con un adivino itinerante, que comenzó diciéndole que su signo zodiacal era virgo y que muy pronto encontraría el amor. Se le notaba con varios kilos menos, cambió su manera de vestir, también cambió su forma de hablar; pasó de ser una chismosa asolapada a la más deslenguada y locuaz de las chismosas, eso si, sin calumniar ni injuriar a nadie ni a nada; fue esta particular característica suya, la que me llevó a conocer las vidas e historias de un pueblo situado en algún lugar del mundo.


Emilia no sabe como llegó al pueblo; quizás embriagada por las capacidades embaucadoras de la caricatura de oráculo, al que amaba con locura juvenil. Este con una parafernalia mítica, se autodenominaba Aarón, el que todo lo sabe y todo lo ve, el que descubre lo oculto e ilumina lo oscuro, dios de los corazones rotos, la guía para llevar tu vida por la senda de la felicidad y la prosperidad. Con estas frases recibió Aarón a Mercedes, la primera cliente del pueblo.
Ella, de mirada desconfiada, de esas miradas que pretenden descubrir todo en un segundo.
El, de turbante mal envuelto, de esos turbantes que pretenden impresionar con su zircòn burdo.
Se miraban el uno al otro sin parpadear, como dos chivos a punto de chocar sus cabezas, por el amor de una chiva en celo. El silencioso entorno ayudó para brindarle a esta rara escena, el toque misterioso deseado por Aarón que con su falsa voz gruesa, se dirigió a Mercedes:
-¿Cuál es tu problema y que quieres saber hija mía?
-Mi problema eres tú – respondió exaltada Mercedes – y quiero saber cuando te largas, además no soy hija tuya, prefiero ser la hija de un pordiosero que ser la hija de un brujo de pacotilla.
-¿Qué te pasa, que tienes en mi contra, mujer? – preguntó Aarón desconcertado.
-pasa que vienes a dañarme la plaza forastero hijueputa, y si no te largas hoy mismo, caerá sobre ti la más cruel de mis maldiciones -gritó Mercedes, apuntando con su dedo el zircón enchapado en el turbante.
-¿Quién es usted para venir a amenazarme?, por favor váyase –replicó Aarón, esta vez con su verdadera voz.
-Me voy y no querrás saber quien soy- dijo finalmente Mercedes, dio media vuelta y salió de la habitación.
El joven quedó paralizado, podrían haberlo confundido con un maniquí que lleva un trapo enrollado en la cabeza y una bata de paciente de manicomio. Acababa de conocer a Mercedes “Meche”, la única bruja del pueblo situado en algún lugar del mundo.

Emilia que se encontraba en el pasillo, escuchó el trepitar de la puerta y vio pasar rauda, dirigiéndose a la salida del hostal, a la señora que minutos antes, le había solicitado una entrevista con el profesor. Su primer día de trabajo, ejerciendo como asistente de brujo, parecía haber empezado con el pié izquierdo. Le pareció ver a su madre –mi tía- enfurecida despotricando de su hija, nada mas por haber encontrado el amor, no en un joven galeno ni en un militar de alto rango, como sueñan todas las madres, sino con él, Aarón, el que todo lo sabe y todo lo ve; su corazón latía desaforadamente, evocando el día que lo conoció. Vio la mano de Aarón sosteniendo la suya, quien mirándola fijamente anotó:
-Eres de signo virgo, amiga mía, aquí en tu mano veo angustia. Mucha angustia, pero todo cambiará para bien, amiga mía, mas pronto de lo que te imaginas encontrarás el amor anhelado.
Su felicidad fue evidente, creyó en él de inmediato, a pesar que no era de signo virgo –era de signo Tauro nacida el 8 de mayo de un año que ni me acuerdo- pero la esperanza de encontrar el amor esquivo, fue suficiente para entregarse ciegamente a las palabras de su pitoniso amado.

Corrió a la habitación, dejando a un lado el ensimismamiento, abrió fuertemente la puerta de par en par y ahí estaba él, un poco trémulo tomando un poco de agua.

-¿Qué pasó aquí?- preguntó Emilia- ¿Qué eran esos gritos y ese alboroto?
-gajes del oficio, querida- mintió Aarón sin sentir vergüenza- esa dama no pudo soportar el futuro que su mano me enseñó.
-¿pero que te dijo su mano?- inquirió Emilia, evidenciando su gusto por los pormenores de la vida ajena.
-la línea de la vida, me señaló que esa desdichada mujer morirá en dos días.

Un silencio cementerial, se apoderó de Emilia por unos segundos, sintiendo lastima por aquella dama desconocida, que cargaba sobre su cuello la hoz filante de la muerte. Rompió su silencio exclamando, como cuando un recuerdo entra por un oído e ilumina como un relámpago el cerebro:
-¡la plata, esa señora no me pagó la consulta!- pronunció apenada por este error en su primer día de trabajo.
-No te preocupes mujer- comentó él- es pecado agobiar a un ser que ya tiene un pié en el mas allá.


Eran las cuatro y diez de la tarde y aparte de la mujer condenada a muerte, ningún ser humano se había acercado a conocer su futuro donde el profesor Aarón.
A Emilia no la dejaba tranquila su sentimiento de culpa, se sentía responsable por la predicción abrumadora de su amante. Se dirigió a la sala del hostal para saciar su curiosidad incesante de saber quien era aquella señora que le recordó a su madre; encontró a doña Salvadora sentada en el sofá de espera, leyendo su devocionario católico y con una Biblia a la mano. Era la dueña y a la vez dependiente del hostal donde se habían alojado el adivino y su joven acompañante. Tenía unos sesenta y cinco años, usaba grandes gafas, de cabello recogido y surcado por miles de hilos plateados que la hacían ver mas vieja y emanaba un olor a bondad, magnificado por la decoración exquisita, había mesitas en todos los rincones, repletas de adornos de toda clase, elefantes, cisnes, sapitos, caballos, conejos y toda un arca de Noé hecha en porcelana; colgados en las paredes, estaban hermosos cuadros, nobles de la colonia, paisajes otoñales, flores que no nacían por esas tierras y la última cena. Todos eran copias litográficas de artistas europeos, y se notaba que había gastado más dinero en marcos de indiscutible belleza que en las imágenes en sí; también colgados estaban, un retrato de la familia que algún día tuvo y cuatro espejos de cuerpo entero repartidos por todo el lugar, los que lo hacían ver más amplio y con una claridad que no dejaba ni un solo espacio oscuro a ninguna cucaracha temeraria. El piso extremadamente limpio, con baldosas blancas y negras, que Emilia creyó estar parada sobre un gran tablero de ajedrez.
Este acogedor ambiente, dio tranquilidad a Emilia y un poco de paz a su alma atribulada, la que arrastraba como un lastre. Se sentó frente a doña Salvadora, observó que se reflejaba por lo menos en dos de los espejos y se sintió acompañada, parecía que hubiesen más personas en la sala, que las dos mujeres sentadas frente a frente, separadas solo por una mesita Luis XV con su arca de Noé emporcelanada y por muchos años de edad.
Emilia rompió el hielo con una pregunta intrascendente, y con la astucia y cautela de un gato fue llevando a la señora a una conversación amena e inofensiva; cuando supuso que había transcurrido el tiempo adecuado lanzó la pregunta que la ahogaba, y se dispuso a saber de la vida de aquella mujer que le recordó a su madre, por boca de doña Salvadora. Quien empezó diciéndole, que le extrañó sobremanera la presencia de Mercedes consultando a un adivino; que todo el pueblo la conocía; que Meche era la única bruja, espiritista, yerbatera, pitonisa y lectora de tabaco en el pueblo; que siempre se expresaba hostilmente de adivinos o yerbateros forasteros; que nunca había llegado en busca de un brujo o cosa parecida, en todos lo años que llevaba alojándolos en su hostal; que vivía sola en un rancho de bahareque cerca al río, al final del pueblo. Llamó a Yadira su criada, la que también ejercía como camarera, le ordenó que sirviera dos tintos y que luego limpiara las porcelanas. Le contó igualmente a Emilia, que el padre Juan Facundo no gustaba de esa señora; que a las damas de María, su grupo religioso, les parecía pecado ir a consultarla, que veían con malos ojos a esa clase de personas, pero que negocio era negocio y ella no tenía ningún problema en hospedarlos.
Emilia se sintió agradecida con doña Salvadora por haber saciado su curiosidad, comprendió que era justo pagarle con la misma moneda y cometió una infidencia, le contó el origen de la alharaca entre Aarón y Mercedes la cual se escuchó hasta la sala, como se lo comentó la misma Salvadora, le dijo que Mercedes no había soportado el futuro que Aarón había descifrado en su mano, y que ese futuro no estaba en este mundo sino en el otro, que esa pobre bruja moriría en dos días. Doña Salvadora abrió la boca como si le hubiesen sacado unos resortes en las coyunturas de las quijadas, se persignó tres veces y terminó con un ¡ave María purísima! Emilia volvió a recordar a su madre –mi tía-, le habló a doña Salvadora de su mamá, le relató su extraña historia de amor con Aarón, y así, de cuento en cuento se les fue la tarde y llegó la noche.

A falta de clientes y como Emilia le dedicó la tarde a chacharear con la dueña del hostal, al pobre Aarón no le tocó mas que ponerse a leer uno de los cinco libros de esoterismo que tenía, no le importaba que ya los hubiese leído todos por lo menos veinte veces cada uno, total, era solo para distraerse en algo mientras algún cliente venía. El calor era insoportable para cualquier persona, mas aún para Aarón, encapsulado en su turbante y su balandrán, que funcionaban como un horno para la carne y hueso de ese pobre adivino, no podía hacer nada mas, estaba condenado a cargar ese atuendo porque existía la posibilidad de que algún cliente repentino llegara, y no podía recibirlo con su ropa de humano.
Eran la siete y cuarto, Aarón se había tomado toda el agua de la vasija de peltre, sudaba a chorros mientras leía su segundo libro; de un momento a otro advirtió que ya no aguantaba mas el calor y la desesperante humedad en el culo. Decidió entonces despojarse de su carnestolendico atavío y vestirse como una persona cuerda.
Después de salir de la alcoba y atravesar las aldabas con un candado mediano, recorrió el pasillo hasta llegar a la sala, le pidió excusas a doña Salvadora y llamó a Emilia después de entregar las llaves y le dijo:
-vamos a la fonda mujer, que ya ningún cliente va a venir.
Fue la única vez que Aarón acertó, efectivamente ningún cliente llegó.


Después del banquete popular donde Antonia la fondera y su séquito de sobrinas hacendonas, se encontraban de nuevo en la alcoba desvistiéndose cada uno por su lado, no se dirigían la palabra cada uno pensando en sus cosas.
Aarón, pensando que la plata que le había robado Emilia a su madre –mi tía- solo alcanzaría para dos días mas y que necesitaría por lo menos la consulta de cuatro personas al día siguiente para equilibrar la vaina.
Emilia, pensando en la inminente muerte de la bruja, imaginando cómo será, quién la llorará, quién le llevará claveles, por qué divulgaría Aarón ese designio divino. Olvidó por un instante lo chismosa y asolapada que era y calló, no quería preocupar mas a Aarón, sabía lo intranquilo que estaba por la falta de clientes y no quería añadir mas desasosiego a su hombre, confesándole que la única cliente del día era también una bruja.
El era de aquellos hombres que piensan que la angustia se quita con placer y recordó que tenía una mujer a su lado, empezó a besarla, a acariciarla, a tocarle por aquí y a chuparla por allá, besos y mas besos, caricias y mas caricias, toqueteo y mas toqueteo, chupeteo y mas chupeteo, gemidos y mas gemidos, mordiscos y mas mordiscos, arañazos y mas arañazos, esta escena parecía una orgía de seres de otro mundo, hasta que por fin ¡aaaahh! nada mas placentero para él que la concha apretada de una mujer en el segundo polvo de su vida; y que doloroso fue para ella su segundo polvo en la vida, pero no le importó, se sintió satisfecha complaciendo con su carne al hombre que amaba, además pensó, que nada sería mejor para quitar la angustia, que estar en los brazos del hombre amado; y el circulo vicioso entre angustias y polvos se extendió toda la noche hasta que Morfeo los abrazó.


Emilia nunca se dio cuenta del error que cometió, ignoraba por completo que doña salvadora y ella tenían algo en común, ambas eran chismosas asolapadas, tanto que a las siete de la mañana después de misa, ya el padre Juan Facundo y las damas de María sabían lo del vaticinio terrible de Aarón, a las ocho de la mañana ya lo sabían sus maridos e hijos, a las nueve de la mañana ya lo sabían los amigos de sus maridos y de sus hijos, a las diez de la mañana ya lo sabían los amigos de los amigos de sus maridos y de sus hijos y a las once, cuando despertaron Emilia y Aarón, ya lo sabía todo el mundo, a excepción de Mercedes en su alejado rancho, ignorando que en cada corrillo del pueblo afloraban candentes comentarios en su honor.
Emilia se levantó contando en su haber seis polvos en la vida, adolorida por el embate de la noche anterior pero feliz, se bañó junto a Aarón por primera vez en su existencia, le ayudó a colocar el turbante que él nunca desenrollaba y que tenía en su interior un penetrante olor a zorro chucho, desayunaron en la alcoba con arepa fría, porque a las once y veinte de la mañana Emilia solo encontró arepa fría en la fonda de Antonia, acompañando este desayuno de puercos con avena caliente, porque a las once y veintitrés Emilia solo encontró avena caliente donde Miguel, que tiene su carrito en la esquina y de quien se dice sumerge una calavera en la avena para tener buena venta.
Aarón se encontraba en su posición y craneaba la mentira para su primer marrano cuando Emilia salió al pasillo en su segundo día ejerciendo como ayudante de brujo; ella abrigaba la esperanza de que la suerte les cambiara ese sábado y como si Dios mismo la hubiera escuchado, se presentó Yadira, la empleada, a solicitar una consulta con el profesor Aarón, gentilmente le dijo a Emilia que le rebajara, pues solo tenía ciento treinta de los ciento cincuenta pesos que costaba la consulta; Emilia aceptó sin vacilar, no podía perder esta oportunidad, su segundo día como ayudante de brujo parecía haber empezado con el pie derecho.
Yadira entró a la habitación, llevaba en una mano la escoba y en la otra los sobrecamas, se acercó sin prisa a la mesa del adivino y se sentó sin garbo, la mirada de Aarón se sentía mas penetrante que el día anterior, tenía unas embolsadas ojeras –quizás por el embate de la noche anterior- y los parpados caídos; la muchacha quedó estática cuando con su falsa voz gruesa él pronunció:
-soy Aarón, el que todo lo sabe y todo lo ve, el que descubre lo oculto e ilumina lo oscuro, dios de los corazones rotos, la guía para llevar tu vida por la senda de la felicidad y la prosperidad- la habitación quedó en silencio por unos segundos y con la misma falsa voz gruesa prosiguió:
-¿Cuál es tu problema y que quieres saber hija mía?
Yadira lo pensó un segundo y con la voz delgada y tímida respondió:
-mi problema es de amor maestro y quiero saber que me viene en el más adelante- respondió esta con su particular jerga.
El maestro Aarón le pidió a la muchacha que le diera la mano derecha, la examinó por un minuto con la atención de un relojero, respiró profundo, entonces le aseveró que el novio que tenía tarde o temprano la abandonaría, que se cuidara, porque quedaría embarazada esa semana y que su mamá vendría de visita en quince días. Le anotó en un papel las yerbas que debía buscar, como se las debía aplicar, si en toma o en baño, le entregó a ella una oración a san Estanislao y de ñapa le regaló dos velas rojas que debía encender mientras hacía la oración en el patio el lunes a las cuatro de la mañana.
La joven esbozó una sonrisa monalisesca, nada más dijo –gracias-, empezó a barrer la habitación con la cabeza enterrada en el suelo y la mejilla apoyada en la escoba, tendió la cama sin pronunciar palabra alguna y salió de la habitación dando ejemplo del mutismo más radical.


Hacía casi una hora que Yadira había abandonado la habitación. Ningún cliente se acercaba y el calor empezaba a caer sobre el pueblo situado en algún lugar del mundo; Emilia se preguntó entonces que qué era lo que pasaba, qué si era que la gente no había visto el aviso; se dirigió de inmediato al frente del hostal y el aviso, hecho en cartulina amarilla y marcador rojo, había desaparecido. –Mercedes, sin testigos, lo había arrancado del palo de matarratón- Emilia con la sangre hirviendo ingresó al hostal y se lo contó a doña Salvadora, dijo que como era eso posible, que por qué la gente era así, que la envidia era brava en aquel pueblo y en medio de la perorata se dispuso a elaborar el aviso de reemplazo; doña Salvadora le sugirió que mejor pusiera un aviso en la emisora de Antero y que de esa manera todo el pueblo se enteraría, Emilia sonrió agradecida y corrió enseguida hacia la habitación a proponérselo a Aarón –la sugerencia de doña Salvadora no fue solo por caridad, sino para que sus huéspedes permanecieran allí por más tiempo-.
Con la aprobación del adivino, Emilia se encaminó a la casa de Antero Segovia, sede de la emisora; era la una y diez cuando llegó a la casa que tenía un raro aspecto, parecía estar estancada entre dos épocas, estaba construida en ladrillo revestido con cemento, ventanas con persianas de vidrio, puerta de madera tallada y el techo de palma.
Emilia preguntó por él, la hicieron seguir a la sala mientras la atendía el periodista, al minuto apareció este con el pantalón desbraguetado, una camisilla de hoyitos, los pies descalzos y una cara de siesta interrumpida; se dirigió a Emilia con su voz grave, educada y de timbre excepcional; la misma voz con que animaba los más elegantes y distinguidos bailes de carnaval, hasta las más desgarbadas y populares verbenas.
La misma con que oficiaba de maestro de ceremonia cuando llegaba el gobernador de la región y la misma con que ofició la única vez que llegó el presidente de aquel país situado en algún lugar del mundo.
Emilia hizo el arreglo con Antero de cien pesos por pasar el aviso diez veces diarias durante una semana, le dio las gracias al señor y se despidió.
Antero desde muy joven demostró su aptitud por la expresión oral, comenzó animando los actos culturales en las escuelas y los bailes de caridad; después trabajó en la miscelánea de don Leonidas Restrepo Jaramillo, entusiasmando a la gente para que comprara la mercadería y vociferando las ofertas por medio de un pequeño equipo de amplificación. Después se le metió la idea de montar una emisora; iniciativa en la que invirtió gran parte de sus ahorros; don Leonidas le colaboró en lo que pudo, también el señor alcalde y el párroco de entonces; envió cartas a todas las dependencias posibles del gobierno central y acudió a las buenas artes de los caciques políticos de la región; cayendo desde las nubes el entusiasmo de Antero, el día que llegó la carta rechazando su petición, argumentando “que según las normas de aquel país situado en algún lugar del mundo, solo se podía otorgar licencia a aquellas emisoras donde su locutor o locutores fueran por lo menos bachilleres y el solicitante, señor Antero Segovia Martinez solo cursó hasta cuarto de primaria elemental. Por lo tanto su solicitud fue rechazada”. Este era el motivo por el cual la emisora no era más que cuatro altavoces enormes, instalados en lo más alto del palo de coco ubicado en el patio de Antero; en todo el pueblo podía escucharse “radio fantasía” conocida popularmente como “radio coco” donde había programas de música, desde boleros y tangos pasando por cumbias y música de acordeón; se transmitían dos noticiarios, uno a las siete de la mañana y otro a las doce del medio día, donde Antero solo releía el periódico regional que le llegaba por correo con un día de retraso y una que otra noticia de la alcaldía. Durante la programación del día, el locutor pasaba las cuñas: servicios sociales, matrimonios, cumpleaños, felicitaciones, grados, bautizos, primeras comuniones, misas de difuntos, informaba que ya había llegado el jarabe de totumo a la miscelánea de don Leonidas y muy pronto se empezó a escuchar “en el hostal el paraíso, estará recibiendo a su clientela el gran vidente Aarón, el que todo lo sabe y todo lo ve, el que descubre lo oculto e ilumina lo oscuro, dios de los corazones rotos, la guía para llevar tu vida por la senda de la felicidad y la prosperidad. Acérquese a conocer su futuro y la solución a sus problemas. Precios populares”.
Lo único que no pasaba Antero era los avisos de los políticos, guardándoles para siempre rencor por no haberle ayudado a obtener la licencia para su emisora de verdad.
Emilia y Aarón escucharon el primer aviso desde el hostal y se despertó de nuevo la esperanza, subiendo un poco los ánimos de ambos. Pero nada cambió, ningún cliente se presentó aquella tarde. El día parecía calcado del anterior.
Emilia conversaba con doña Salvadora, y esta le dijo:
-no se preocupe mijita, que la gente vendrá mañana, no ve que el aviso solo se puso hoy- tranquilizando a Emilia.
Aarón por su parte leyó sus libros y se consumía en el calor.
Salieron a comer y después en la alcoba comenzaba la faena entre angustias y polvos.
El día solo se diferenció del anterior, en que la única cliente del día no era bruja, sino empleada de hostal.


Era domingo y una desolación patagónica invadía aquel pueblo a las nueve de la mañana, era el día libre de Yadira, era ella la única caminante en aquellas calles solitarias donde solo se escuchaba el estropicio constante de “radio fantasía”, se dirigía a la casa de Mercedes impulsada por la decepción que tenía, debida a las predicciones absurdas de Aarón, ya que nunca había tenido novio, como no tenía novio no podía quedar embarazada y más la decepcionó aún el hecho de que su madre había muerto cuando ella era todavía una niña. La bruja la recibió amablemente –era la primera cliente desde la llegada de Aarón al pueblo- y le preguntó que era lo que la había llevado hasta aquel lugar. Yadira le comentó que quería el amor de un joven, que estaba enamorada hacía tiempo de ese joven pero este no se fijaba en ella, le dijo que se llamaba Mario Palmeras y que era trabajador de la finca de don Fabrizio Corciani.
Mercedes le propuso a Yadira fumarle el tabaco a Mario y que en tres sesiones el joven caería rendido a sus pies, Yadira aceptó, esperanzada en que la efectividad de “Meche” fuera inmensamente superior a la de aquel adivino desatinado que se encontraba alojado en el hostal.
“Meche” la condujo hasta el patio, le pidió que se desnudara, ella también se desnudó, rezó tres tabacos y empezó a fumarlos danzando alrededor de Yadira, pronunciando plegarias ininteligibles y lanzándole bocanadas de humo como un dragón senil a la pobre muchacha. Después de quince minutos de ritos y ya vestidas, “Meche” le cobró los cincuenta pesos que le cobraría a Yadira por cada sesión y le preguntó que por qué no había consultado al brujo que se encontraba bajado donde ella trabajaba; Yadira le respondió que si lo había consultado, que los ciento treinta pesos que le había pagado eran los que más le habían dolido en la vida, porque ese brujo no fue capaz de acertar nada y se atrevió Yadira a sugerirle que no se preocupara por lo de su muerte.
-¿Cuál muerte?- preguntó sorprendida la bruja.
-su muerte niña “Meche”- le contestó Yadira –mientras yo limpiaba las porcelanas escuché cuando la mujer del brujo le dijo a mi patrona que usted iba a morir muy pronto, que el brujo lo había visto en su mano.
-brujo hijueputa y no se muere él- gritó Mercedes ofuscada.
Su rabia era intensa, su furia era descomunal, su ira era infartante. Tan infartante fue su ira que Mercedes se llevó las dos manos al lado izquierdo del pecho y cayó, mugiendo secamente y blanqueando los ojos como un poseído. Sufrió un infarto.
Los nervios se apoderaron de Yadira que salió hedionda a tabaco en busca de ayuda, llegó ahogándose a las primeras casas del pueblo e informó lo que sucedía, después, acompañada de un ejercito de buenos samaritanos se dirigió de nuevo a la casa de “Meche”, cuando llegaron la bruja estaba muerta. Inmediatamente la gente empezó a murmurar que había sucedido lo que el brujo había predicho, que ese brujo era muy bueno, que tenía aciertos increíbles y que valdría la pena visitarlo.
A las diez de la mañana lo sabían unos pocos, a las diez y media unos tantos más y a las once, cuando despertaron Emilia y Aarón, ya lo sabía todo el mundo, a excepción de ellos en su nido de amor, ignorando que en cada corrillo del pueblo afloraban candentes comentarios en su honor.


Emilia y Aarón se bañaron juntos por segunda vez en su existencia, mientras esto sucedía, Aarón tenía la cabeza hecha un nudo –hasta ese día alcanzaría el dinero robado por su mujer-. Emilia por su lado se encontraba optimista y pensó que los avisos en “radio fantasía” atraerían a los clientes. Ayudó a colocarle el hediondo turbante a su adivino amado y salió de la habitación para comprar el desayuno; fue entonces cuando vio una multitud que se le acercó en desorden a solicitarles todos al tiempo una entrevista con el profesor, no entendía nada el día anterior un solo cliente y ese día habían llegado mil. Creyó entonces que la idea de los avisos había empezado a dar los frutos esperados.
Organizó a los clientes en fila india para evitar el desorden, entró a la habitación para darle la buena noticia a Aarón, le comentó que había mucha gente, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, blancos, negros, mucha pero mucha gente. Le brillaron de inmediato los ojos al adivino, de la preocupación pasó a la tranquilidad, pensó que había llegado la hora de hacerse rico, creyendo también que la idea de los avisos no había sido tan mala; le dijo a Yadira que las consultas a partir de ese momento serían a doscientos pesos, que cliente que no pagara no entraba y la apuró en un tono grosero a atender a los clientes, con un:
-quiubo, quiubo, a trabajar pues.
Ella obedeció sin contradecirlo. Lo amaba tanto que pensó que su grosería se debía tal vez a la ansiedad, y no le prestó atención.
El primero en pagar los doscientos pesos y entrar, fue un mecánico que quería saber si su mujer tendría niño o niña, para empezar a comprarle las cosas al bebé antes de nacer. Aarón vaticinó que sería niño.
El segundo fue un pescador que quería saber como le iría en su trabajo. Aarón le dijo que no trabajara sino dentro de diez días en adelante, para que pescara todo lo que jamás había pescado.
Así fueron pagando y entrando a consulta uno a uno los que estaban en la fila y eran atendidos por Aarón en solo cinco minutos.
De repente se encontraba parada frente a Emilia nuevamente Yadira, le había prestado los ciento cincuenta pesos a doña Salvadora y Emilia por lastima quizás, no le quiso decir lo del aumento de la consulta. Yadira pensó que el amor de aquel joven valía los trescientos treinta pesos que se había gastado en brujos en tan solo dos días.
Yadira entró a la habitación y esta vez le comentó a Aarón que lo que en realidad quería, era tener a Mario Palmeras rendido ante ella y le reclamó por su primer desacierto. Aarón nada apenado le contestó:
-me lo hubieras dicho desde un principio amiga mía, de seguro que en tu primera visita me confundí y lo que vi en tu mano era una de tus vidas pasadas.
Yadira no entendió lo de las vidas pasadas, pero se quedó esperando la solución a su preocupación.
Aarón solo le cambió las yerbas que le mandó en su primera visita por otras, le sugirió que hiciera la misma oración al siguiente día, lunes, a las cinco de la mañana, encendiera las velas rojas que le había dado y vería que en quince días Mario Palmeras estaría chorreando babas por ella y de rodillas estaría rogándole amor.


Yadira salió emocionada, se acercó a Emilia y le dio las gracias sin que esta supiera la razón, le dijo que era una lastima que no pudiera acompañarla al entierro de la niña “Meche” y se alejó.
Emilia se había olvidado de Mercedes, no había tenido tiempo para pensar en esa pobre mujer, no comprendía por qué hasta con su muerte aquella señora le recordaba a su madre –mi tía-, las lágrimas se asomaron en los ojos de Emilia pero no salieron. Un cliente impaciente le estaba entregando los doscientos pesos. Estaba triste pero a la vez orgullosa por lo certeras que eran las predicciones de Aarón, pensó en decirle su acierto pero decidió esperar la noche para hacerlo, no quería irritarlo con algo que de seguro él ya sabía.
Entre más pensaba en Mercedes, más se acordaba de su madre –mi tía- quiso ir al entierro pero la clientela aún no terminaba, quiso pensar en otra cosa pero no pudo, su cuerpo recibía los doscientos pesos y hacía pasar a los clientes mientras su alma y pensamiento se los disputaban su madre –mi tía- y la bruja muerta.
Aarón salió al pasillo, miró su reloj barato y habló a todo el mundo con su falsa voz gruesa:
-son las seis de la tarde señores, por hoy no es más, pueden venir mañana a partir de las siete.
Le dijo a Emilia que entraran y que le entregara todo el dinero. Emilia obedeció sin prisa e hizo entrega de los quince mil quinientos cincuenta pesos que tenía. Aarón la miró con rabia y frunciendo el ceño le dijo en voz alta, que eran quince mil seiscientos pesos, que había atendido a setenta y ocho personas y que faltaban cincuenta pesos. Emilia le dijo que eran los que le había rebajado a Yadira, la empleada de doña Salvadora. Entonces el brujo cortó la explicación increpando:
-¡me importa un culo quien sea, puede ser la mamá del papa si quiere, pero yo te dije que eran doscientos por consulta. Claro, como tú no te matas no te duele. A partir de mañana tu solo harás pasar a los clientes y yo cobraré personalmente las consultas!
Se desprendió de su atuendo de bufón como un rayo y se puso su mejor ropa de gente normal, salió furioso de la habitación y se fue sin importarle que Emilia no había comido y que la pobre no tenía un peso en el bolsillo.
Las lágrimas represadas en los ojos de Emilia esta vez salieron con facilidad, él era el primer hombre en su vida y no pensó que la fuera a gritar algún día como lo hizo. Jamás se había sentido tan sola, pensó nuevamente en la mujer nuevamente en la mujer que le recordó a su madre –mi tía- y sintió que le debía algo, que tenía que hacerle algún tributo, que su muerte no podía pasar sin ningún sacrificio suyo, fue entonces cuando tomó unas tijeras y de pie frente al espejo del baño se cortó el pelo por todos lados hasta quedar como un hombre.
El adivino llegó pasada la media noche, entró sin encender la luz. Esa noche como no hubo angustia no hubo polvo, se acostó sin desvestirse al lado de Emilia, se le sentía un molesto tufo y un fastidioso olor a puta.


No fue mucha gente al entierro de “Meche”, nunca se le conoció apellido ni familiar alguno, solo un perro negro y un gato barcino. El ataúd, para nada lujoso, fue regalado por don Leonidas Restrepo y don fabrizio corciani, Lautaro Padilla, el notario, conocido en todo el pueblo como “Padillita” no tuvo a quien cobrarle el acta de defunción. Los pocos que fueron al entierro, eran personas humildes y sus clientes más asiduos; vendedores del mercado a quienes sus conjuros habían incrementado las ventas; parceleros a quienes sus rezos no habían dejado perder sus cultivos de pancoger en el verano; vendedores ambulantes a quienes sus ritos habían aumentado la clientela; pescadores a quienes los espíritus le habían colaborado en la faena; mujeres quienes con sus yerbas y humo de tabaco habían atrapado marido; Yadira también iba en el cortejo. Un niño en ropa vieja y chancletas de caucho caminaba delante del féretro llevando en sus manos unas flores de coral, nadie lloraba, solo se escuchaban los pasos arrastrados por las calles deshabitadas de aquel pueblo que parecía estar en obra negra.
El cajón y su comitiva pasó en dirección a la iglesia a las cuatro y media de la tarde por la esquina del hostal, la multitud agolpada en la entrada se quedó muda, todos la conocían, casi todos fueron algún día a visitarla pero ninguno podía ir a su sepelio. No querían perder el turno de la consulta con el gran adivino que creyeron había presagiado su muerte, sin saber, que Aarón en lugar de presagiarla fue el causante de ella.
Por mas que le rogaron, el padre Juan Facundo no permitió la entrada del féretro a la iglesia, pensó que era suficiente con dar las bendiciones y permitir su entierro en el cementerio católico. Cuando llegaron a la puerta ya los estaba esperando en el atrio, le pidió al altísimo que perdonara a esa desventurada alma, roció agua bendita sobre el ataúd, dijo unas palabras en latín, dio media vuelta y entró con su monaguillo a la iglesia.
El pobre cortejo de Mercedes se dirigió entonces al cementerio alejándose del hostal, dejándole a aquel adivino causante de su muerte, toda su clientela y toda su fama.
El silencioso arribo de la procesión al cementerio fue interrumpido por el canto de una paloma guarumera. Abriéndose camino entre tumbas, bóvedas y árboles; el sencillo cajón y su pequeño grupo de acompañantes se dirigieron al fondo de aquel lúgubre lugar, donde un hoyo de dos metros de profundidad esperaba a Mercedes, nadie lloró, nadie pronunció palabra alguna, nadie quiso verla por última vez, ya no era bruja ahora era difunta. Descendió “Meche” en su paupérrimo sarcófago a las fauces de la madre tierra, su tumba quedó rodeada de un nada envidiable jardín de hierba de “coquito”, “arruina rico”, “cadillo”, y hasta “braquiaria” para el ganado. El que acomodó la cruz, emparapetada con dos tiras de madera, fue Mario Palmeras, a quien “Meche” no le terminó el trabajo de buscarle la mujer digna y bella que él quería, escribió sobre la cruz algo con pintura blanca y se alejó de ahí con el pequeño grupo de acompañantes, abandonando a Mercedes en el misterioso mundo de los finados.
Yadira no sintió mucha pena por la partida de Mercedes a pesar de haber estado presente en el instante de su muerte, pensó que ya estaba predestinado y contra los designios de Dios no se podía hacer nada. Durante todo el sepelio no le quitó los ojos de encima a Mario que había caminado al lado de su mejor amigo, ya en la retirada ella trató de llamar la atención, pero no lo consiguió; pensó entonces que dentro de quince días Mario Palmeras estaría chorreando babas por ella y de rodillas estaría rogándole amor.
Mario Palmeras era un muchacho de aproximadamente veinte años, desde niño empezó a trabajar en la hacienda “La toscana” de don Fabrizio Corciani, un ganadero muy rico descendiente de europeos. Mario era el que arriaba vacas, reparaba cercas, vacunaba, hacía de todo y gozaba de la confianza de don Fabrizio; Era un moreno acuerpado, con rostro de finas facciones, piernas y brazos musculosos; había cursado hasta segundo de primaria cuando su mamá lo abandonó y le tocó ponerse a trabajar. Nunca supo quien era su padre; era amante de los gallos, del juego de cartas, del licor, y apasionado por las putas; su ilusión fue siempre tener una mujer digna, respetable, y muy hermosa. Estaba cansado de pagar por besos y caricias a todas las putas que llegaban al pueblo, esta fue la razón por la cual empezó a visitar a “Meche”, quien le empezó el tratamiento de sahumerios herbales para conseguirle la mujer honorable y bella que él anhelaba; vivía en “La toscana”, en un rancho pequeño alejado trescientos metros de la mansión de los patrones. Andaba siempre con su mejor amigo, quien era hijo de don Fabrizio con una de las empleadas, se llamaba Darwin, nombre con que su padre lo bautizó por que al verlo pensó que era la prueba fehaciente de la teoría de la evolución, de que en realidad el hombre provenía del mono, Darwin era negro como una marimonda, igual que su mamá.
Darwin Corciani Mena, era tímido como todas las personas que son resultado de dos clases sociales incompatibles, era el único negro en el pueblo que se daba el lujo de estudiar en el colegio más caro, donde estaba a punto de graduarse para irse a estudiar economía a la capital del país.
Mario y Darwin, terminado el pobre funeral se alejaron del cementerio y se dirigieron a la taberna de las putas donde habían dejado sus caballos, departieron con las meretrices, bailaron y se emborracharon. Camino a “La toscana” acordaron regresar al día siguiente al pueblo, para visitar al brujo famoso que pronosticó la muerte de Mercedes. Mario para conseguir la mujer digna y bella, Darwin para saber como le iría en la universidad.

Aarón se levantó a las seis de la mañana, cuando un gallo perezoso solo empezaba a cantar, se desvistió y se disponía a entrar al baño cuando miró a Emilia, la vio con el pelo corto y la despertó con un grito:
-¿pero es que estas loca mujer, que crees que estas haciendo? ¡Pareces un macho!
Emilia no le contestó, lo miró extrañada por la transformación que estaba sufriendo Aarón, que prosiguió:
-¡levántate rápido! Ve y me compras doscientas velas de cualquier color y te traes el desayuno- tirándole el dinero en la cama.
Mientras Emilia se vestía, Aarón se bañaba. Antes de salir, Emilia le preguntó desde afuera del baño:
-¿podrías decirme donde estabas anoche?
La ausencia de respuesta, hizo que Emilia saliera para llevar a cabo su encargo, pensó que Aarón de seguro estaba así por la rabia que ella le hizo coger el día anterior, y se fue. Cuando regresó ya Aarón estaba listo, desayunaron con prisa y este le recordó que a partir de ese día él cobraría las consultas, apurándola para que comenzara a hacerle pasar los clientes.
Los primeros en entrar fueron los que llegaron desde la madrugada a coger turno, todos se extrañaban al ver a esa mujer con corte de hombre que los recibía. Entre los clientes de la mañana estaban el alcalde Jeremías Barón y Antero Segovia.
Aarón le dijo al alcalde que el gobernador lo apreciaba mucho y que por lo pronto no lo cambiaría, pero que sin embargo encendiera las dos velas que le regaló, mientras hacía la oración a san Estanislao. Este salió feliz, llevando en sus manos una vela roja y otra blanca.
Aarón también le aseveró a Antero que si enviaba otra carta al gobierno central, en menos de seis meses le darían la licencia para su emisora de verdad verdad, y que debía bañarse con agua de paico.
Los clientes fueron pasando de uno en uno cada cinco minutos y ya era de tarde cuando le tocó el turno a Mario Palmeras, haciéndolo pasar Emilia a la habitación. Caminó decididamente hacia el adivino y se sentó, este le cobro los doscientos pesos y le pregunto;
-¿Cuál es tu problema y que quieres saber, hijo mío?
-yo no tengo ningún problema y no quiero saber nada- repuso Mario –yo lo que quiero es que usted me ayude a conseguir una mujer digna, honrada, respetable y bella, la más hermosa.
Aarón le pidió la mano derecha y la observó como decidiendo una jugada de ajedrez. Lo miró a los ojos haciendo una mueca y le dijo:
-eso va a ser difícil, en tu mano por ahora no veo a esa mujer, tendré que hacerte un trabajo especial, te costará un poco más pero será efectivo, vente pasado mañana en la noche y te traes cuatrocientos pesos, ahí vemos que puedo hacer.
Mario salió al pasillo esperanzado, si ese brujo fue capaz de predecir una muerte, como no iba a ser capaz de conseguirle una mujer digna y bella; se acomodó en el pasillo a esperar a Darwin que acababa de entrar a consulta, miró hacia la fila y la vio, la mujer más hermosa, ella se encontraba hablando y riéndose con unas amigas de la misma edad, no dejó de mirarla ni por un segundo. Ella seguía riéndose con sus amigas y de repente se estrelló con la mirada de ese desconocido joven moreno, quien con su picardía de putañero empedernido le guiñó el ojo y le tiró un beso, la muchacha le respondió con una sonrisa tímida y sonrojada bajó la cabeza. Mario la miraba y la miraba pero ella no volvió a mirar hacia donde él se encontraba, en esas estaba cuando Darwin salió, antes de irse se acercó a la muchacha y le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Nadia- respondió la joven ruborizada
-mi nombre es Mario y nací para adorarte, adiós- fueron las palabras de Mario Palmeras, que caminó de espaldas hacia la salida sin dejar de mirar a la muchacha.
Nadia Mirkovic Barón era la hija única de Miroslav Mirkovic petrescu, un rico prestamista europeo y Amalia Barón Tovar, representante de una de las mejores familias de la región y hermana del señor alcalde. Nadia tenía un bello rostro, una admirable tez blanca, unos hermosos ojos azules y una preciosa cabellera dorada; tenía dieciséis años y estudiaba en el colegio femenino de las terciarias capuchinas, donde cursaba sexto de bachillerato y tomaba clases de latín, solfeo, piano, baile español y cerámica. Era una niña con una honestidad a toda prueba, una dignidad intachable y de una sencillez sin igual. Nunca había tenido novio y era la consentida de sus padres, abuelos, tíos y primos.
Solo por la curiosidad propia de su edad, Nadia había aceptado la proposición de sus amigas de colegio de ir a visitar al adivino, quien le profetizó que a los veintiún años llegaría a pedir su mano un hermoso joven rico procedente de la capital del país. Venía riéndose y comentando todo esto con sus amigas cuando se estrelló de nuevo con la mirada de Mario Palmeras, que tenía la camisa abierta hasta el pecho, una cerveza en la mano y volvió a guiñarle el ojo y a tirarle un beso; esta vez no le respondió con una sonrisa tímida, sino que se lo quedó mirando sin parpadear hasta que sus amigas la despertaron de su distracción, siguieron comentándose sus vaticinios y riéndose se alejaron.
Emilia no dejaba de atender clientes, llegó el sastre, Antonia la fondera, dos de sus sobrinas, la secretaria del correo, la esposa del medico, Fernando el barbero, la loca Eufemia, el chueco Emilio, cuatro concejales, tres enfermeras, el profesor Aníbal, dos policías, la seño Ligia, el doctor Parménides León, Agustín el poeta, Calixto el platillero de la banda municipal, don Leonidas Restrepo y hasta las damas de María fueron a templar donde el brujo.
Terminada la jornada, Emilia trató de decirle al adivino que la romería de clientes no se debía a los avisos en “radio fantasía” sino por haber acertado con la muerte de Mercedes pero Aarón contando el dinero le pidió que lo dejara solo. El alma de Emilia se consumía silenciosa como el tabaco de un cigarrillo, no sintió hambre a pesar de no haber almorzado, fue hasta la sala del hostal, robó una flor de plástico de un florero y salió. Preguntando en cada esquina llegó al cementerio, con ayuda del sepulturero llegó a la tumba, rezó un padre nuestro, se persignó y acomodó la flor en la cruz que tenía en letras blancas el simple epitafio de: Mercedes “Meche”.
El camino de regreso fue largo, Emilia ocupó la mente en su madre –mi tía- llegó al hostal ya Aarón no estaba. No le tocó más que echarse a dormir con el estómago vacío y con la mente ocupada en su madre –mi tía-.
El brujo llegó a las doce menos cuarto, se desvistió y se acostó dándole la espalda a Emilia que lloraba en silencio. Esta vez no le hizo el amor a Emilia no solo por la falta de angustias, sino que con el pelo corto y la apariencia masculina ya no sentía atracción por ella.


La mañana del martes era fresca, el canto de las chichafrías estaba en todo su apogeo. Nadia caminaba al colegio en compañía de su amiga Carmen Julia León, de repente el sonido de unos cascos se acercaba desde atrás y apareció Mario montado en su bestia, caminó al lado de las jóvenes y le habló a Nadia:
-buenos días niña Nadia, no pude dormir anoche pensando en usted.
Nadia quedó muda, su sencillez no le permitió molestarse por el olor a mierda de vaca del centauro enamorado –había ordeñado toda la madrugada- este le lanzó un papel perfectamente doblado que cayó en sus manos; era un hermoso poema de amor escrito en bella letra hecho por agustín el poeta, que le cobró diez pesos la noche anterior. Picó al caballo con las espuelas y con un trote rápido se alejó.
Mientras tanto en el hostal la esclava de Aarón compraba más velas y el desayuno antes de comenzar con la maratónica jornada de hacer pasar los clientes a la habitación. Cobijaba la esperanza de que Aarón volviera a ser el mismo de antes, que de seguro era la presión del trabajo lo que lo había transformado.
La romería comenzó con dos campesinas, después se acercó la vieja Lisbeth la dueña del putiadero, luego la esposa de Antero Segovia, el ñato Hernandez, el doctor Lacides Socarrás, la niña Sarita una cincuentona quedada, el juez pachito Ribas, la malabarista del circo y su marido el domador, la primera dama, el jurisconsulto Dámaso Castro, tres putas, Martín el sepulturero, Miguel el de la avena, la mamá del alcalde, don Liborio Mejía, cuatro pescadores, Juanchi “pata ´e palo”, “Padillita” el notario señora e hijos, la chueca Berenice, Norfalia Mena la mamá de Darwin, siete colegialas, Simón el tesorero,
Elías el marica y la última en entrar fue doña Salvadora, quien le dijo a Aarón, después de que este le cobrara, que ella no le iba a pagar porque ella no venía a consulta, venía era a rogarle que por favor al día siguiente no atendiera a nadie, que el alcalde había decretado el día cívico para que todo el mundo fuera al bazar que habría en la plaza a partir de las ocho, que era para recolectar fondos y mandar a reparar el techo de la iglesia.
-No hay problema mi querida señora- replicó el brujo con su poder embaucatorio –todo sea por el bien de la casa de Dios nuestro señor.
Aarón contó el dinero, se despojó de su disfraz y se marchó. Esta vez le dejó plata a Emilia para que comiera. Emilia comenzó con la rutina de pensar en su madre –mi tía-, fue al cementerio después de comer y regresó a la media hora; habló un rato con Yadira y se fue a dormir.


Una de las empleadas tocó la puerta de Nadia y desde afuera gritó:
-niña Nadia, su mamá que baje a la sala un momento.
-dile que en un momento bajo.
Nadia bajó las escaleras con ánimo y vio a su papá sentado en el sillón, un poco inclinado hacia delante y con los codos apoyados sobre las rodillas, su mamá mientras tanto no dejaba de caminar de un lado a otro.
-siéntate ahí Nadia- dijo la madre en un tono severo indicándole una silla.
-¿Qué es lo que pasa mamá?- inquirió Nadia extrañada.
-¿dime que significa esto?- anotó la señora mostrándole el poema –lo encontraron en el bolsillo de tu uniforme.
-eso no es mío mamá- mintió Nadia por primera vez en su corta vida.
-¡mentirosa!- gritó la madre propinándole una bofetada por primera vez en su vida –Carmen Julia dijo que ese Mario se les acercó esta mañana en un caballo y te lo dio, ¿tienes algo con ese hombre?, ya averiguamos que no es más que un peón de finca, un animal que se divierte con mujeres de la vida alegre, un pobre muerto de hambre, nosotros no te hemos dado la mejor educación para que termines enredada con un negro ignorante ¡maldita sea!
-no mamá- explicó la joven llorando –ese hombre se me acercó pero yo no lo conozco, te juro que no tengo nada con él.
-te prohíbo que le vuelvas a recibir algo y a dirigirle la palabra- concluyó la mamá tomo un cerillo y quemó el poema que rezaba:

La luna y las estrellas
Significan nada si no estas tú
Te vi y nació el amor en mí
Te miré y mi amor tuyo fue
Te contemplo y eres para mí un templo
Me arrastro ante ti
Para que me recojas con tu amor intenso.

Mario Palmeras.

Don Miroslav Mirkovic no pronunció palabra mientras todo esto sucedía solo no dejó de mirar a su hija con una mirada intimidante, por primera vez en su vida. Se levantó del sillón e ingresó a su estudio.


El adivino llegó trastabillando a las seis de la mañana cuando el gallo perezoso cantaba, caminó como pudo hasta su silla de brujo donde cayó dormido con un ronquido de león. Emilia se levantó una hora después, miró al brujo y sintió lastima al verlo tirado en su silla babeándose todo el pecho. Lo amaba tanto que pensó que con licor Aarón aliviaba la presión del trabajo. Se bañó calmadamente y ya estaba terminando de vestirse cuando llegó a buscarla Yadira, con quien había acordado ir al bazar de la plaza frente a la iglesia. Le dejó una nota a Aarón y se fue hablando tonterías con ella.
La plaza estaba enmarcada por calles empedradas y a las once de la mañana tenía la actividad de un hormiguero, las damas de María vendían toda clase de viandas y suculentos platos, postres multicolores y galletas caseras; Eliseo el sacristán, se encargaba de la cerveza, los refrescos y el licor; Manuelita Villegas se encargaba de los dulces y los chocolates; doña Sarita era la encargada del sancocho de gallina y la sopa de mondongo. Había rifas de todo lo que al padre Juan Facundo se le ocurrió rifar. Unos parlantes inmensos retumbaban con la música de moda que colocaba Antero Segovia, que también animaba el bazar y presentaba sobre el pequeño escenario de tablas a las niñas que bailaban, jóvenes que cantaban, presentó a Agustín el poeta, grupos de música de acordeón, el coro de la iglesia, grupos de danza, la banda municipal y a todo cuanto dijera tener talento.
Mario Palmeras caminaba con Darwin, buscando con los astrolabios del corazón a su estrella amada, dio tres vueltas por el lugar hasta que la vio; estaba sentada en medio de su mamá y su papá, se le notaba alegre observando la obra de teatro del colegio mixto, lo miró desprevenidamente, quitándole bruscamente la mirada y bajando la cabeza para no mirarlo más, la alegría que denotaba la joven cambió de inmediato a seriedad. Mario se preguntó si sería que el poema no le había gustado y pensó que más tarde buscaría una manera distinta de demostrarle su enloquecido amor. Pidió dos cervezas y con Darwin se sentó en el kiosco, adonde llegó Yadira acompañada de Emilia con el pretexto de tomar un refresco; Yadira le empezó a hablar a su acompañante de una manera histriónica para llamar la atención de Mario, este ni se percató de su existencia, él escuchaba la presentación que Antero hacía de los hijos del maestro Hernán, unos muchachos del pueblo, diestros en la música. De repente la alegría masiva se transformó en pánico, todas las personas vieron como se acercaba al trote un enorme tigre, venía perseguido por un payaso barrigón que tenía los largos zapatos rotos, un hombre con peluca roja encaramado en unos zancos, un hombre barbado vestido de smocking y sombrero de copa, un domador látigo en mano con botas de general y cuatro enanos.
La primera en correr fue doña Salvadora a quien en sus sesenta y cinco años no se le habían conocido sus capacidades atléticas, el padre Juan Facundo se subió la sotana hasta los muslos y corrió sin saber donde quedó el bonete, Antero Segovia se montó sobre uno de los parlantes, Yadira salió disparada arrastrando consigo a Emilia, Doña Sarita se montó en un palo de mango sin saber como, en todas direcciones corría la gente con sus trajes endomingados, mujeres embarazadas, policías, ancianos, niños, el alcalde; la locura y el pánico se apoderó de cada persona presente en el bazar.
Jadeante y trotando para todos lados se encontraba el felino de doscientos kilos en una deshabitada selva de sillas tiradas, botellas partidas, gafas reventadas, sombreros abandonados, parlantes caídos, comida esparcida en el suelo, ríos de sancochos regado, tambores y trompetas por todas partes, bolsos, carteras, zapatos, tacones, sandalias y chancletas.
Mario y Darwin corrieron en direcciones diferentes, Darwin desapareció por una calle adyacente y Mario corrió a la iglesia, entró por una puerta entreabierta, el lugar se encontraba vacío subió a toda prisa al campanario y casi se desmaya al encontrarse frente a frente con la hermosura casi intocable de Nadia Mirkovic Barón, quien temblando se arrojó a los brazos musculosos de Mario debido al miedo. El corazón de Mario se sentía como una manada de potros salvajes al galope; del abrazo pasaron a los besos, Nadia quiso decirle que desde hacía dos noches ella tampoco podía dormir pensando en él, pero la lengua de Mario revolvía la suya de tal manera que le fue imposible; de la boca, Mario pasó al cuello como un vampiro sediento, Nadia levantó la cabeza mirando al cielo, como preguntándole a Dios qué era todo aquello que estaba sintiendo; del cuello, Mario pasó a los inéditos senos, rosados, esponjosos, pasando la lengua por los parados pezones y agarrándole las nalgas apretándola contra él; se desnudaron sin darse cuenta, la lengua de Mario caminó todo el abdomen bajando hasta su Venus besando su tierno pubis dorado, Nadia con una mano apretaba la cabeza de Mario y con la otra apretaba la cuerda de la campana; Mario chupaba su concha como la fruta más dulce y jugosa que jamás probó, Nadia jadeaba y el octanaje de su sangre aumentaba cada segundo experimentando sensaciones inimaginables para ella, lanzó un largo gemido naufragando en un inmenso, electrizante y desconocido placer, fue cuando se escucho en todo el pueblo el sonido de doce campanazos consecutivos; la virilidad enorme de Mario penetró entonces la carne tierna de Nadia, de donde brotó un delgado hilo de sangre, sangre de mujer digna, honorable, honrada, respetable, bella, la más hermosa.
Hora y media después el domador logró controlar al tigre, luego de que el felino devorara la carne asada y los chicharrones tirados en el suelo, sin necesidad de latigazos entró calmadamente a la jaula. Con la tranquilidad del peligro aplacado la gente se empezó a aglomerar alrededor de la fiera, los niños saciaban su curiosidad, los más viejos se reían de ellos mismos, mientras tanto la chueca Berenice salía de debajo de una mesa y doña Sarita gritaba para que la bajaran del palo de mango. Todos vieron alejarse el desfile de la jaula y su comitiva de bufones y enanos dirigiéndose al recién llegado circo; entonces doña Amalia recordó no haber visto a Nadia desde la aparición del tigre, don Miroslav y su señora preguntaron a las amigas de su hija si la habían visto, estas dijeron que no; preguntaron a sus conocidos obteniendo la misma respuesta hasta que alguien dijo haberla visto corriendo con Mario Palmeras, que iban tomados de la mano y se dirigían a la salida del pueblo.
Una descomunal furia se apoderó del europeo, gritando maldiciones en el idioma de su patria, mezclando idiomas se le logró entender el grito:
-¡ese negro hijueputa me las va a pagar!
La gente murmuraba el escandaloso suceso y en menos de dos minutos ya lo sabía toda la plaza.
Miroslav Mirkovic fue a su casa y se armó con un revolver Smith and Wesson calibre treinta y ocho se dirigió en su automóvil campero a la hacienda “La toscana” en compañía del comandante de la policía y cuatro agentes, a los que el alcalde había ordenado encontrar a su sobrina, parecían miembros del tribunal de la santa inquisición en busca de herejes; cuando llegaron a la hacienda Miroslav encontró a Fabrizio acostado en una hamaca en el jardín frontal, al que le preguntó en voz alta:
-¿Dónde está el hijueputa de Mario Palmeras?
Don Fabrizio con el rostro inmóvil no pronunció palabra
-¡respóndeme Fabrizio! ¿Donde tiene ese desgraciado a mi hija?- preguntó de nuevo el europeo obteniendo la misma respuesta.
El silencio celestino de don Fabrizio hizo que Miroslav se retirara, cuando llegaron al camino el europeo le preguntó a un señor que venía en burro si no había visto a Mario Palmeras, y este le respondió que lo había visto hacía rato que iba a caballo con una hermosa joven y que para ese momento deberían estar muy lejos. Esto fue lo último que don Miroslav Mirkovic Petrescu supo de su hija.
Emilia consolaba a Yadira que empezó a llorar sin descanso al enterarse que el hombre de su vida había huido con una niña rica. Luego se dirigió al hostal para contarle a Aarón todo lo que había sucedido en la plaza, cuando entró a la alcoba Aarón no se encontraba, abrió el armario y no estaba su turbante ni su balandrán, tampoco estaba su ropa de persona cuerda Aarón también se había fugado, sin pagar el hostal y dejando a Emilia sin un peso en el bolsillo.


Emilia no sabe como salió de aquel pueblo, quizás embriagada por el rencor hacia su adivino odiado, ahora está aquí frente a mí, esperando un hijo de un estafador del cual no conoce ni su nombre verdadero y llorando la muerte de su madre –mi tía- la que murió de pena moral el mismo día que murió Mercedes “la bruja”. Siento pesar por mi prima y me parece estar viendo un triste retrato clavado en el marco de la desgracia.


Néstor Rafael Mejía Coley
El Banco (Magd) Agosto de 2004






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Poemas

Etéreos


La piel se hizo etérea
Y escaparon al cielo nuestras ansias
Que saciándose hasta el tope
Contemplaba al creador mismo
Entre un ejército de ángeles
Deseosos de ser mortales.

.

Agustin Valle Martinez



No vuelvas


No vuelvas a encender la hoguera
Si no te calientas en ella
Ni vuelvas a preguntar
Si estoy herido
Si no vas a socorrerme.

Alvaro Herrera Pino

Quienes somos?

La tribu es esencialmente un grupo de amigos, una cofradía amante de la literatura, que han creado espacios para incentivar la lectura crítica y la escritura creativa en el municipio de El Banco, Magdalena, Colombia.

Desde sus inicios como grupo organizado, La Tribu ha desarrollado varios proyectos de tipo literario, inicialmente se constituye como un grupo de de tertulia literaria, a raíz de la convocatoria de la Fundación para el fomento de la Lectura, Fundalectura en el año 2004, ese mismo año saca a la luz su primera obra, un colectivo literario llamado Antología de Poemas y Cuentos, esa obra fue publicada con el apoyo de la casa de la Cultura y la Alcaldía Municipal de El Banco, por ello se distribuyó de manera gratuita en las Instituciones Educativas y se remitió a las Casas de la Cultura y Bibliotecas Públicas de la Región.
Hasta hoy ha publicado con mucho esfuerzo dos antologías, varias revistas o fascículos, participado en varios eventos culturales como el festival de la Cumbia y actividades como Cine al Parque, actualmente desarrolla el Taller Literario " La Tribu" en Instituciones Educativas de educación Secundaria y Superior

La Tribu en sesión

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Los miembros de la Tribu en desarrollo del Taller Literario

Obras Públicadas

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"Antología de Poemas y Cuentos" y Cinco Poetas banqueños" son las obras literarias de autores banqueños publicados por La Tribu

El Cuento

Cuento

El cuento es una narración breve, oral o escrita, en la que se relata una historia tanto real como ficticia. Además de su brevedad, el cuento tiene otras características estructurales que lo diferencian de la novela, la frontera entre un cuento largo y una novela corta no es fácil de definir.
En lengua castellana, la redacción de cuentos es una especialidad de América, en contraposición a la especialidad española en filología y realismo.

Que es el cuento? (Rolando Sifuentes)

El cuento es una narración ficticia que de por sí constituye una unidad, no importa cuan corta sea, no es un sub género de la novela.El cuento tampoco es algo muy moderno, viene desde muchos siglos atrás.El ser humano siempre ha necesitado decir historias para expresar sus anhelos y sus penurias. Al comienzo se hizo oralmente, luego, por el año 3500 A.C., los hijos del faraón Cheops, narraron las historias de su padre en papiro.En el antiguo testamento también encontramos cuentos, aunque no se les llame cuentos, pues fueron escritas con el propósito de transmitir ejemplos morales y principios religiosos. Algunas de estas historias se encuentran en el Libro de Ruth, en el de Jonás, Tobit y algunos otros más.

Los Primeros Cuentos

Las primeras narraciones que se conocieron en Europa llegaron del Oriente a comienzo de la edad media. Estos cuentos fueron conocidos como "Historias Arabes" de autor o autores anónimos. Esta gran obra tiene de un gran cuento: la historia de Gerenarda y el sultán; y dentro de ese cuento estan engarzados una serie de otros cuentos entre los que se encuentran "Las Mil y Una Noche", "Simbad el Marino", "Ali Baba y los Cuarenta Ladrones" y otros.Otra colección de cuentos aparecida por esa época fue "El Decameron" de Giovanni Bocaccio (1313-75). Esta obra consta de más de cien historias contadas con un estilo pícaro y licencioso ambientadas en la Italia central.A Bocaccio lo siguió Geoffrey Chaucer (1340-1400), quien escribió cerca de 17,000 líneas en verso sobre historias muchas de ellas licenciosas, conocidas como "Los Cuentos de Canterbury". A pesar de que estas historias fueron escritas en verso, ellas no son consideradas como tal sino como cuentos ya que estan más acorde con los enunciados de Aristóteles en su Poética En la América pre-hispánica también tenemos algunas joyas literarias dignas de mencionar. Por aquella época floreció el cuento oral que se transmitía de generación en generación. Estas hostorias sufrieron algunas alteraciones cuando llegaron los españoles quienes introducieron en ellas algunos elementos de la fe católica. Una de las pocas historias que se salvaron de esta mixtura fue Popol Vuh, Historias del Quiché.

El Cuento Moderno

La modernización del cuento empezó a mitad del siglo XIX, cuando Edgard Allan Poe (1809-49), escribió sus "Narraciones Extraordinarias"; una colección de cuentos de corte atmosférico, especialidad del autor y que causó terror en sus lectores.A Poe lo siguieron Nicolai Gogol (1809-52), Guy de Maupassant (1850-93) y Antón Chejov (1860-1904). Este último fue un verdadero maestro. Muchos de sus cuentos fueron enfocados desde un ángulo objetivo mientras que el ángulo preferido de la mayoría de autores era y sigue siendo el ángulo (punto de vista) del autor, subjetivo y omnisciente.En Latinoamerica también surgió un gran autor de cuentos cortos: Ricardo Palma (1833-1919), cuyas narraciones son conocidas como "Tradiciones Peruanas". Estas tradiciones estaban basadas en hechos historicos a los cuales Palma les aumentaba algo de su imaginación. Su estilo era anecdótico, ameno y con una gran dosis de humor y sátira hacia la sociedad de entonces.

SOBRE LA NOVELA Y EL CUENTO CORTO

La diferencia entre un relato corto y una novela reside en lo siguiente: un relato corto puede tratar de un crimen; una novela trata del criminal, y los hechos derivan de una estructura psicológica que, si el escritor conoce su oficio, habrá descrito previamente. Por consiguiente, la diferencia entre un relato corto y una novela no es muy grande; por ejemplo, La larga marcha, de William Styron, se ha publicado ahora como "novela corta", cuando fue publicada por primera vez en Discovery como "relato largo". Esto significa que si lo leen en Discovery están leyendo un relato, pero si compran la edición de bolsillo van a leer una novela. Con eso basta.
Las novelas cumplen una condición que no se encuentra en los relatos cortos: el requisito de que el lector simpatice o se familiarice hasta tal punto con el protagonista que se sienta impulsado a creer que haría lo mismo en sus circunstancias... o, en el caso de la narrativa escapista, que le gustaría hacer lo mismo. En un relato no es necesario crear tal identificación, pues 1) no hay espacio suficiente para proporcionar tantos datos y 2) como se pone el énfasis en los hechos, y no en el autor de los mismos, carece realmente de importancia -dentro de unos límites razonables, por supuesto- quién es el criminal. En un relato, se conoce a los protagonistas por sus actos; en una novela sucede al revés; se describe a los personajes y después hacen algo muy personal, derivado de su naturaleza individual. Podemos afirmar que los sucesos de una novela son únicos, no se encuentran en otras obras; sin embargo, los mismos hechos acaecen una y otra vez en los relatos hasta que, por fin, se establece un código cifrado entre el lector y el autor. No estoy seguro de que esto sea especialmente negativo.
Además, una novela -en particular una novela de ciencia ficción- crea todo un mundo, aderezado con toda clase de detalles insignificantes..., insignificantes, quizá, para describir los personajes de la novela, pero vitales para que el lector complete su comprensión de todo ese mundo ficticio. En un relato, por otra parte, usted se siente transportado a otro mundo cuando los melodramas se le vienen encima desde todas las paredes de la habitación... como describió una vez Ray Bradbury. Este solo hecho catapulta el relato hacia la ciencia ficción.
Un relato de ciencia ficción exige una premisa inicial que le desligue por completo de nuestro mundo actual. Toda buena narrativa ha de llevar a cabo esta ruptura, tanto en la lectura como en la escritura. Hay que describir un mundo ficticio totalmente. Sin embargo, un escritor de ciencia ficción se halla sometido a una presión más intensa que en obras como, por ejemplo, Paul's Case o Big Blonde, dos variedades de la narrativa general que siempre permanecerán con nosotros.
En los relatos de ciencia ficción se describen hechos de ciencia ficción; en las novelas de este tema se describen mundos. Los relatos de esta colección describen cadenas de acontecimientos. El nudo central de los relatos es una crisis, una situación límite en la que el autor involucra a sus personajes, hasta tal extremo que no parece existir solución. Y luego, por lo general, les proporciona una salida. Sin embargo, los acontecimientos de una novela están tan enraizados en la personalidad del protagonista que, para sacarlo de sus apuros, debería volver atrás y reescribir su personaje. Esta necesidad no se encuentra en un relato, sobre todo cuanto más breves sea (relatos largos como Muerte en Venecia, de Thomas Mann, o la obra de Styron antes comentada son, en realidad, novelas cortas). De todo esto se deduce por qué los escritores de ciencia ficción pueden escribir cuentos pero no novelas, o novelas pero no cuentos; todo puede ocurrir en un cuento; el autor adapta sus personajes al tema central. El cuento es mucho menos restrictivo que una novela, en términos de acontecimientos. Cuando un escritor acomete una novela, ésta empieza poco a poco a encarcelarlo, a restarle libertad; sus propios personajes se rebelan y hacen lo que les apetece... no lo que a él le gustaría que hicieran. En ello reside la solidez de una novela, por una parte, y su debilidad, por otra.

FIN
Phillip K. Dick


Fragmento del prólogo de Doce Cuentos Peregrinos
De Gabriel García Marquez.

“El esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de hierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura. Alguien que no recuerdo lo dijo bien con una frase de consolación: «Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica». Es cierto que no rompí los borradores y las notas, pero hice algo peor: los eché al olvido”.